Desde hace cuatro años me dedico a esta profesión tan maravillosa y denostada/alabada a partes iguales que es la educación. Cuando era un alumno, aprendía como podía todo aquello que el profesor me dictaba, aunque en lo que se refiere a explicar, bastantes me explicaron las materias y esos fueron los mejores. Después de memorizarlo, lo soltaba con mejor o peor fortuna en un examen sin haber comprendido la trascendencia ni la importancia de esos contenidos a los que había dedicado unas horas de mi vida. Con el tiempo, ya con el B.U.P., el C.O.U. y la carrera aprobados, por curiosidad propia me di cuenta de que aquellos Reinos Cristianos de la Edad Media que no conseguía entender fueron el germen del Estado autonómico actual, que esta situación se vio reforzada por la decisión de los Reyes Católicos de gobernar como soberanos únicos los distintos reinos de la península, pero permitir que cada uno de ellos fuera un reino independiente: un rey para varios reinos. No entendí muy bien qué supuso la llegada de Felipe V a España, el primer Borbón, y sus Decretos de Nueva Planta, pero con el tiempo me di cuenta de que fue la causa del descontento de algunas regiones españolas. Edad y capacidad de razonar fueron las que hicieron que cambiara mi visión sobre cómo había que estudiar las cosas, no de memoria para contarlas en un examen, sino razonándolas, comprendiéndolas y relacionándolas.
Por aquella época de estudiante de instituto, entre los años 1980 y 1984, tuve la suerte de terminar en un magnífico centro público, una Universidad Laboral, donde encontré varios profesores con interés no solo de que memorizásemos, sino de que comprendiésemos las cosas y supiéramos manejarnos sin problemas en el siglo que nos tocaría iniciar, el XXI. Por ello, se creó un aula de informática en la que podíamos aprender a programar (por aquella época, si querías utilizar un ordenador, debías tener conocimientos básicos de DOS y programación). Me parecía maravilloso: no solo aprendía lo que se suponía que tenía que aprender, sino que también iba a utilizar las herramientas con las que tendría que trabajar en un futuro. Se nos decía que el uso de ordenadores iba a ser fundamental para trabajar y en nuestra vida cotidiana, pero no lográbamos imaginar de qué manera y mucho menos que iban a ocupar todos los aspectos de nuestra vida.
Acabé la universidad y me puse a trabajar en la empresa privada. Allí me di cuenta de que una formación que estuviera más dedicada a resolver problemas, indagar y obtener conclusiones me habría sido mucho más útil que la que tuve de memorizar y reproducir. También me di cuenta que los profesores que me enseñaron a pensar, razonar, indagar, obtener conclusiones y razonarlas y que dieron menos importancia a la memorización de los conocimientos para un examen fueron los que más me ayudaron y los que me dieron las enseñanzas más útiles. Incluso me acuerdo de muchas más cosas de esas materias que de las que no me quedó más remedio que "empollar". Veía que mis compañeros se quedaban estancados cada vez que se les presentaba una situación nueva cuya respuesta no tenían memorizada, si bien la solución era básica.
Cuando decidí dedicarme a la enseñanza, empecé como supongo que empiezan todos: con mucha inseguridad, dudando si lo estaría haciendo bien, reproduciendo los roles de la educación tradicional de aprendizaje y reproducción en el examen, pero muy pronto me di cuenta de que hoy en día, en educación, se podían hacer muchas cosas más. Se puede trabajar sobre proyectos, enfocando el estudio de los famosos Reinos Cristianos de una manera diferente: cada grupo de la clase puede indagar sobre uno de estos reinos, explicarlo posteriormente a sus compañeros y realizar una actividad de debate en la que tengan que llegar a acuerdos, educando de este modo en el diálogo, solución de conflictos y búsqueda de posiciones comunes. La población se puede comprender de una manera diferente a la memorización de fórmulas demográficas y explicación de patrones si cada alumno, en clase, con un ordenador o una tablet consulta con la ayuda del profesor los datos de población de un territorio y realiza un estudio demográfico de la zona. De esta forma, cuando lea los datos de natalidad, mortalidad y crecimiento, o los migratorios de una región, comprenderá rápidamente la noticia sin quedarse en el: "bueno, recuerdo que es algo que estudié en el insti". Cualquier periodo de la Edad Contemporánea se comprenderá mejor si se busca la información en los periódicos de la época, se analiza y elabora en grupo para exponerla a los compañeros, de este modo los alumnos aprenden a obtener información de un periódico y a valorar la importancia de los medios de comunicación.
Por otro lado, las nuevas tecnologías son fundamentales en nuestro día a día, especialmente en el mundo empresarial, en el que hay que preparar informes, presentaciones, infografías... ¿Por qué debemos esperar a que nuestros alumnos empiecen a trabajar para utilizar estos recursos si se pueden emplear en la escuela?
Tengo la suerte de trabajar en un instituto en el que el proyecto educativo va por este camino. No se está abandonando las clases magistrales tradicionales, pero paulatinamente se está dando más importancia al aprendizaje basado en proyectos, o en problemas (ABP), en el que se plantea al alumno un problema, se le proporcionan y explican las herramientas y él mismo, con la ayuda del profesor, tiene que indagar en los contenidos, buscar las soluciones y las conclusiones y presentarlas en un formato establecido en el que no debemos temer al uso de las nuevas tecnologías. Probablemente no estudiarán todos los contenidos que podría explicar el profesor en las mismas horas de clase, pero tampoco olvidarán tan rápidamente esos contenidos puesto que los han adquirido por la curiosidad, la indagación y la motivación de solucionar el problema.
Veo a mis alumnos aprender con esta metodología y los veo más activos, participativos y con ganas de aprender que con la tradicional. Por otro lado, para mí supone un reto, me obliga a salir de mi zona de confort que es la pizarra e indagar también cómo preparo la actividad y cómo se usan las herramientas que deben emplear, pero de este modo no enseño solo Historia, sino también a enfrentarse a los retos que tendrán en el futuro cuando salgan a trabajar.
Pero ahora, resulta que vivimos en medio de una esquizofrenia, pues las nuevas teorías de la educación, que no son tan nuevas como explicaré más tarde, están avanzando por este camino. Envidiamos el modelo finlandés por sus éxitos sin plantearnos que esta es la ruta que han seguido, queremos mejorar resultados académicos, pero no entendemos que estamos ya en el siglo XXI y que las herramientas han de ser necesariamente diferentes, que lo que valía en el siglo XX, ya no es válido y que la sociedad está demandando que la educación de nuestros jóvenes no sea solo una acumulación de conocimiento, sino prepararlos para integrarse en la sociedad. Esto estaría bien si la legislación educativa acompañara el rumbo de la sociedad, pero ahora tenemos, al final de cada etapa, una reválida en la que volvemos al sistema Moyano: acumule usted conocimientos, que cada cierto tiempo voy a ver si realmente ha memorizado usted todo lo que tenía que saber. Y es aquí donde no entiendo nada: ¿por qué no puedo dejar que mis alumnos investiguen y piensen y tengo que encorsetarlos en la repetición memorística de conocimientos? Vivimos en una educación esquizofrénica en la que la ley es del siglo XIX, pero se nos exigen resultados del siglo XXI.
Como dije, puedo trabajar en un instituto que sigue esta línea, que no es en absoluto nueva pues ya la inició D. Francisco Giner de los Ríos en el siglo XIX con la Institución Libre de Enseñanza y tiene éxito en otros países. Es un sistema de trabajo interesante, pero laborioso, aunque no difícil, pues te saca de tu zona de confort y te obliga a entrar en terrenos que no conoces, pero este sistema me permite aprender cosas nuevas, aprender de mis alumnos, equivocarme y enseñarles que cualquier persona se puede equivocar y rectificar. Se trata de un camino laborioso en el que hay que ir paso a paso, poco a poco, y no intentar cambiarlo todo en un curso, pues las clases magistrales también son necesarias, pero en este lento camino en el que quiero dar pasos seguros espero llegar al equilibrio. Un camino que he iniciado recientemente y que me gustaría continuar.
Tengo también la magnífica suerte de tener unos compañeros fantásticos con los que estoy haciendo este viaje. No voy a nombrarlos aquí, pues se me podrían olvidar algunos y no quiero ofender a nadie, pero ellos saben quiénes son. Compartimos las experiencias, buscamos colaborar entre nuestras materias, nos consultamos las dudas, nos apoyamos en las tareas que tenemos que hacer, compartimos herramientas, nos complementamos en las clases buscando una continuidad a las actividades y, al final, nuestros alumnos disfrutan de todo este trabajo y aprenden mucho más que Historia, en mi caso. ¿Por qué tenemos que coartar la curiosidad, la imaginación y las ganas de trabajar obligándoles a memorizar los contenidos y utilizando como herramientas de expresión el bolígrafo, el papel, una cartulina y unas fotos recortadas? Aunque lo mismo estoy equivocado, no sé, no creo, pero si es así, ya lo diré en este "melting pot".
Melting Pot
miércoles, 18 de mayo de 2016
lunes, 18 de abril de 2016
La perplejidad de un viajero o por qué negamos a los sirios lo que ellos nos ofrecerían
En 1998 cumplí uno de mis sueños, viajar a Oriente Medio, en concreto a Jordania y a Siria. Sentía gran curiosidad por visitar esos países, esos o Egipto, pero ver las pirámides estaba considerado por aquella época como actividad de alto riesgo, por lo que decidimos cambiar los planes iniciales. Las razones para ir a estos dos países eran evidentes: poder visitar Petra, tantas veces vista en películas (sí, incluida la de Indiana Jones) y poder ver directamente las grandes tumbas que en lugar de ser talladas en la roca en la Antigüedad parece que se hicieron durante el Barroco. Es más, seguro que el Barroco no lo inventaron los italianos, sino los nabateos casi dos milenios antes. Otro de los motivos era visitar también Palmira, la gran ciudad del desierto, los castillos musulmanes y cristianos de las Cruzadas, el desierto de Wadi Rum, la mezquita y el zoco de Damasco y conocer directamente una cultura de la que todos se atreven a hablar, pero pocos conocen, la musulmana.
El viaje fue fantástico, pude disfrutar de ver cómo anochecía dentro de la ciudad de Palmira, tener la sensación de inmensidad del desierto de Wadi Rum y darme cuenta de que el desierto, en realidad, no está tan desierto, que está lleno de vida; apreciar los colores de Petra y ver cómo cambiaban según pasaban las horas del día.
Para conocer un poco mejor uno de los países que iba a visitar, Siria, leí el libro de Rosa Regàs, Viaje a la luz del Cham. Mi viaje, sin haber leído ese libro, habría sido completamente diferente, no habría podido apreciar un montón de matices y formas de ser de las personas que ese libro me hizo ver.
Entre otras cosas, hablaba de la seguridad en las calles de estos países, donde podías dejar la cartera encima de una mesa, sin prestarle atención, que nadie la cogería. Otra de las características de las que hablaba era la gran hospitalidad de este pueblo: si necesitabas algo, siempre podrías llamar a la puerta de alguien, que mientras precisaras su ayuda, te la daría. Este aspecto pude verlo a los pocos días de estar allí, en que necesitamos un médico. No sabiendo dónde ir, el conductor del autobús en el que viajamos nos llevó a casa de su primo, médico, que estaba en Bosra de vacaciones en casa de su madre. Allí nos abrieron la puerta, nos atendieron y nos dieron el tratamiento que necesitábamos. Mientras estuvimos en la casa de este médico, la madre no paraba de entrar en la sala ofreciéndonos té. Al final, cuando terminamos, vino para ofrecernos un café. Esta es una curiosa costumbre siria en la que te están agasajando continuamente con tés, pero para decirte amablemente que es hora de irte, te dan un café. Entonces, recoges tus cosas y te marchas. Con mi mentalidad occidental, le dije al médico que cuánto le debía. Su respuesta, si bien ya la conocía por lo que pude leer en el libro de Rosa Regàs, no dejó de sorprenderme: estáis en mi casa, sois mis huéspedes, me habéis necesitado y os estoy agradecido de que hayáis venido a mí. No me tenéis que dar nada.
Igual de sorprendido que estuve entonces, lo estoy ahora. Los sirios, en estos momentos, necesitan de nuestra hospitalidad y nosotros se la negamos. Se supone que la Unión Europea es un territorio de libertad, en el que se defienden los derechos humanos, que tiene como uno de sus principios máximos la solidaridad y el acogimiento de asilados políticos. No voy a explicar aquí lo que es la Unión Europea ni lo que está sucediendo, pero sí la perplejidad que me produce lo que estoy viendo y lo que supongo que pensarán los sirios que desean llegar. Tras una reunión de líderes europeos en la que todos iban a ser muy generosos y cada país iba a acoger a miles de refugiados, se acabó confinándolos en Lesbos y, finalmente expulsándolos a Turquía. Perplejidad me produce que no podamos ayudar a personas que huyen de una complicada guerra en la que tres fuerzas: su dictador, los rebeldes y el Isis están combatiendo. Pese a vivir en una dictadura, era un país relativamente próspero, muy relativamente, que podría ser similar a España en los años 60. Un país en el que te recibían con la mejor de las sonrisas y te abrían las puertas de sus casas con que solo dijeras necesito que me ayudes. Ahora que son ellos los que necesitan ayuda, supongo que no comprenderán por qué se les niega entrar en un territorio de paz cuando siempre han ofrecido generosamente todo lo que tienen a los demás. Perplejidad e indignación que siento al ser ciudadano de un territorio que se basa en la solidaridad entre los pueblos y que se niega injustificadamente al primero que la necesita. Y perplejidad que supongo que sienten los sirios al ver que los demás, mucho más acomodados que ellos, no responden con su misma actitud cuando lo que realmente necesitan es un sitio seguro para poder seguir viviendo. Poder seguir viviendo hasta que puedan volver a su país, pues es un pueblo que solo utiliza la hospitalidad mientras la necesita, marchándose agradecidamente cuando ya no es necesaria.
El viaje fue fantástico, pude disfrutar de ver cómo anochecía dentro de la ciudad de Palmira, tener la sensación de inmensidad del desierto de Wadi Rum y darme cuenta de que el desierto, en realidad, no está tan desierto, que está lleno de vida; apreciar los colores de Petra y ver cómo cambiaban según pasaban las horas del día.
Para conocer un poco mejor uno de los países que iba a visitar, Siria, leí el libro de Rosa Regàs, Viaje a la luz del Cham. Mi viaje, sin haber leído ese libro, habría sido completamente diferente, no habría podido apreciar un montón de matices y formas de ser de las personas que ese libro me hizo ver.
Entre otras cosas, hablaba de la seguridad en las calles de estos países, donde podías dejar la cartera encima de una mesa, sin prestarle atención, que nadie la cogería. Otra de las características de las que hablaba era la gran hospitalidad de este pueblo: si necesitabas algo, siempre podrías llamar a la puerta de alguien, que mientras precisaras su ayuda, te la daría. Este aspecto pude verlo a los pocos días de estar allí, en que necesitamos un médico. No sabiendo dónde ir, el conductor del autobús en el que viajamos nos llevó a casa de su primo, médico, que estaba en Bosra de vacaciones en casa de su madre. Allí nos abrieron la puerta, nos atendieron y nos dieron el tratamiento que necesitábamos. Mientras estuvimos en la casa de este médico, la madre no paraba de entrar en la sala ofreciéndonos té. Al final, cuando terminamos, vino para ofrecernos un café. Esta es una curiosa costumbre siria en la que te están agasajando continuamente con tés, pero para decirte amablemente que es hora de irte, te dan un café. Entonces, recoges tus cosas y te marchas. Con mi mentalidad occidental, le dije al médico que cuánto le debía. Su respuesta, si bien ya la conocía por lo que pude leer en el libro de Rosa Regàs, no dejó de sorprenderme: estáis en mi casa, sois mis huéspedes, me habéis necesitado y os estoy agradecido de que hayáis venido a mí. No me tenéis que dar nada.
Igual de sorprendido que estuve entonces, lo estoy ahora. Los sirios, en estos momentos, necesitan de nuestra hospitalidad y nosotros se la negamos. Se supone que la Unión Europea es un territorio de libertad, en el que se defienden los derechos humanos, que tiene como uno de sus principios máximos la solidaridad y el acogimiento de asilados políticos. No voy a explicar aquí lo que es la Unión Europea ni lo que está sucediendo, pero sí la perplejidad que me produce lo que estoy viendo y lo que supongo que pensarán los sirios que desean llegar. Tras una reunión de líderes europeos en la que todos iban a ser muy generosos y cada país iba a acoger a miles de refugiados, se acabó confinándolos en Lesbos y, finalmente expulsándolos a Turquía. Perplejidad me produce que no podamos ayudar a personas que huyen de una complicada guerra en la que tres fuerzas: su dictador, los rebeldes y el Isis están combatiendo. Pese a vivir en una dictadura, era un país relativamente próspero, muy relativamente, que podría ser similar a España en los años 60. Un país en el que te recibían con la mejor de las sonrisas y te abrían las puertas de sus casas con que solo dijeras necesito que me ayudes. Ahora que son ellos los que necesitan ayuda, supongo que no comprenderán por qué se les niega entrar en un territorio de paz cuando siempre han ofrecido generosamente todo lo que tienen a los demás. Perplejidad e indignación que siento al ser ciudadano de un territorio que se basa en la solidaridad entre los pueblos y que se niega injustificadamente al primero que la necesita. Y perplejidad que supongo que sienten los sirios al ver que los demás, mucho más acomodados que ellos, no responden con su misma actitud cuando lo que realmente necesitan es un sitio seguro para poder seguir viviendo. Poder seguir viviendo hasta que puedan volver a su país, pues es un pueblo que solo utiliza la hospitalidad mientras la necesita, marchándose agradecidamente cuando ya no es necesaria.
viernes, 18 de marzo de 2016
Risotto con boletus (o con verduras)
No tenía la intención de publicar una entrada nueva y tampoco que hubiera dos de cocina tan seguidas, pero ayer, tomando el aperitivo, mi amigo Víctor me pidió que publicara la receta del risotto, que quería prepararla durante las vacaciones, y en eso estamos. De lo que sí que me apetecía hablar era de Siria, lo cual haré en los próximos días.
La receta que voy a explicar es la del risotto con boletus, pero vale también para hacerlo con berenjenas y calabacines. La diferencia: las berenjenas se tienen que cortar en dados y sumergirlas en agua con abundante sal durante media hora para que pierdan la acidez. Los calabacines se deben cortar en láminas.
Ingredientes para cuatro personas (esta vez sí que son para cuatro personas... o no):
400 gr de arroz arborio (para risotto).
400 gr de boletus edulis en cuadrados.
Caldo de verdura caliente.
2 dientes de ajo.
Mantequilla.
Aceite.
1/2 cebolla.
Sal.
Vino de cocinar.
Queso parmesano rallado.
1 negroni.
Elaboración:
1. Llena un vaso old-fashioned o rock glass con hielo y una rodaja de limón.
2. Añade 1/3 de ginebra.
3. Añade 1/3 de vermut rojo.
4. Añade 1/3 de Campari o bitter.
5. Remueve la mezcla.
6. Si se van a utilizar boletus frescos, límpialos y córtalos en dados. Si son congelados, no los saques todavía del congelador.
7. Prepara un caldo de verdura abundante.
8. Corta el ajo en láminas.
9. Corta la cebolla muy fina.
10. Tómate un sorbo del negroni, que para eso te lo has hecho.
11. Añade a una cazuela la mantequilla y el aceite a partes iguales.
12. Pon a dorar el ajo y, a continuación, la cebolla.
13. Otro sorbito ahora no estaría nada mal.
14. Añade los boletus (o las verduras si lo vas a hacer de verduras). Si las setas están congeladas, échalas directamente sin descongelar.
15. Rehoga bien la mezcla hasta que quede dorada.
16. ¿A que ahora otro sorbo de negroni no sienta nada mal?
17. Añade el arroz y deja que tueste durante un par de minutos.
18. Añade el vino y déjalo evaporar. Mientras tanto, tómate otro trago de negroni, que ahora empieza el trabajo duro.
19. Añade el caldo hasta que cubra el arroz, dejando que lo supere por un centímetro.
20. Deja cocer durante 20 minutos. Al principio, remueve el risotto de vez en cuando. Pasados los 10 minutos, con mayor frecuencia, siendo continuo en los últimos 5 minutos. El objetivo es que el arroz no se pegue a la cacerola. No te olvides de ir añadiendo poco a poco el caldo según veas que lo vas necesitando, pero añádelo con prudencia, que no sobrepase nunca la altura del arroz y deja de agregarlo cuando el risotto esté muy cerca de alcanzar el punto óptimo de cocción y empiece a adquirir un aspecto mantecoso. Pruébalo también de vez en cuando para controlar el punto de sal y de cocción.
21. Por cierto sigue tomándote el negroni según vayas pudiendo o te vaya apeteciendo.
22. Cuando el risotto tenga un aspecto mantecoso y tenga la dureza correcta para comerlo, añade queso parmesano a voluntad y remuévelo constantemente hasta que quede mezclado homogéneamente.
23. No esperes más y sírvelo inmediatamente pues si lo dejas reposar, se estropea.
Vino recomendado: no le viene nada mal un Sumarroca Temps de flors.
La próxima vez, hablaré de Siria.
La receta que voy a explicar es la del risotto con boletus, pero vale también para hacerlo con berenjenas y calabacines. La diferencia: las berenjenas se tienen que cortar en dados y sumergirlas en agua con abundante sal durante media hora para que pierdan la acidez. Los calabacines se deben cortar en láminas.
Ingredientes para cuatro personas (esta vez sí que son para cuatro personas... o no):
400 gr de arroz arborio (para risotto).
400 gr de boletus edulis en cuadrados.
Caldo de verdura caliente.
2 dientes de ajo.
Mantequilla.
Aceite.
1/2 cebolla.
Sal.
Vino de cocinar.
Queso parmesano rallado.
1 negroni.
Elaboración:
1. Llena un vaso old-fashioned o rock glass con hielo y una rodaja de limón.
2. Añade 1/3 de ginebra.
3. Añade 1/3 de vermut rojo.
4. Añade 1/3 de Campari o bitter.
5. Remueve la mezcla.
6. Si se van a utilizar boletus frescos, límpialos y córtalos en dados. Si son congelados, no los saques todavía del congelador.
7. Prepara un caldo de verdura abundante.
8. Corta el ajo en láminas.
9. Corta la cebolla muy fina.
10. Tómate un sorbo del negroni, que para eso te lo has hecho.
11. Añade a una cazuela la mantequilla y el aceite a partes iguales.
12. Pon a dorar el ajo y, a continuación, la cebolla.
13. Otro sorbito ahora no estaría nada mal.
14. Añade los boletus (o las verduras si lo vas a hacer de verduras). Si las setas están congeladas, échalas directamente sin descongelar.
15. Rehoga bien la mezcla hasta que quede dorada.
16. ¿A que ahora otro sorbo de negroni no sienta nada mal?
17. Añade el arroz y deja que tueste durante un par de minutos.
18. Añade el vino y déjalo evaporar. Mientras tanto, tómate otro trago de negroni, que ahora empieza el trabajo duro.
19. Añade el caldo hasta que cubra el arroz, dejando que lo supere por un centímetro.
20. Deja cocer durante 20 minutos. Al principio, remueve el risotto de vez en cuando. Pasados los 10 minutos, con mayor frecuencia, siendo continuo en los últimos 5 minutos. El objetivo es que el arroz no se pegue a la cacerola. No te olvides de ir añadiendo poco a poco el caldo según veas que lo vas necesitando, pero añádelo con prudencia, que no sobrepase nunca la altura del arroz y deja de agregarlo cuando el risotto esté muy cerca de alcanzar el punto óptimo de cocción y empiece a adquirir un aspecto mantecoso. Pruébalo también de vez en cuando para controlar el punto de sal y de cocción.
21. Por cierto sigue tomándote el negroni según vayas pudiendo o te vaya apeteciendo.
22. Cuando el risotto tenga un aspecto mantecoso y tenga la dureza correcta para comerlo, añade queso parmesano a voluntad y remuévelo constantemente hasta que quede mezclado homogéneamente.
23. No esperes más y sírvelo inmediatamente pues si lo dejas reposar, se estropea.
Vino recomendado: no le viene nada mal un Sumarroca Temps de flors.
La próxima vez, hablaré de Siria.
miércoles, 16 de marzo de 2016
¿Cómo narices se hace una boloñesa?
Después de 5 años y medio en los que he tenido este blog abandonado por motivos muy aburridos, y como son aburridos no pienso aburrirte contándolos, he decidido sacarlo de su largo letargo y darle una nueva vida. Lo cierto es que incluso se me había olvidado que tenía un blog hasta que ayer mi amiga Adela me dijo que tenía que cocinar una serie de platos. Me acordé de que la carrillada de ternera me salía muy aceptable y decidí visitar mi difunto blog para darle el enlace a la receta. La sorpresa mía fue mayúscula: la receta seguía allí, con lo que la puedes consultar tú también, la carrillada sigue estando igual de buena y el blog, que estaba completamente muerto, había tenido más de 2100 visitas en todo este tiempo. ¡Nunca había visto una tumba tan concurrida fuera de San Pedro del Vaticano!
Si mis paranoias e idioteces, con tan pocas entradas, habían seguido vivas, ¿por qué no iba a seguir alimentándolas y con tan mal alimento hacer crecer mi ego y vanidad? Y como de alimentar se trataba, pues retomo el blog con una receta, que ya habrá tiempo de hablar de Geografía y de muchas otras cosas.
Últimamente me ha dado por preparar boloñesas, esa salsa italiana que muchos piensan que es añadir tomate frito de bote a una carne picada, echar orégano y ya está, lo cual viene a ser como echar ketchup a una paella. La boloñesa es una salsa mucho más noble y delicada que todo eso.
Ingredientes para 4 personas:
1/2 cebolla.
2 dientes de ajo.
6 láminas de boletus edulis (bien pueden ser frescos, congelados o secos. Si están en dados, también vale).
750 gr. de carne de ternera picada.
4 chorizos criollos pelados y troceados (no es necesario echar la piel del chorizo, normalmente dejo que mi basura se alimente con ella, pues suele pasar mucha hambre y no le importa comer de todo).
2 kg. de tomate triturado.
Aceite.
Sal.
Pimienta molida.
Romero.
Vino de cocinar.
1 Spritz.
Elaboración:
1. Llena una copa de balón con hielo y una rodaja de naranja.
2. Añade 3 partes de cava a la copa.
3. Añade 2 partes de Aperol a la copa.
4. Añade 1 parte de sifón a la copa.
5. Remueve ligeramente y ya tendrás preparado el Spritz.
6. Si los boletus edulis que vas a utilizar están secos, introdúcelos en agua tibia durante unos minutos. Si son frescos, deja que sigan encima de la mesa después de haberlos limpiado y troceado; si son congelados, deja que sigan en el congelador.
7. Corta el ajo en láminas.
8. Corta la cebolla en pequeños trozos.
9. Bebe un sorbo del Spritz.
10. Sofríe el ajo y la cebolla.
11. Bebe otro sorbo del Spritz.
12. Dora la carne picada y la cebolla. Dorar es un término elegante que se utiliza para decir que tienes que cocinar una carne o un pescado, pero que todavía no te lo puedes comer porque tienes que añadir más cosas.
13. Bebe otro sorbo de Spritz, que esta vez, de tanto dar vueltas a la carne, te lo has ganado.
14. Añade sal, pimienta y romero a tu gusto.
15. Añade los boletus edulis. Si están frescos, échalos directamente. Si están secos, escúrrelos ligeramente y añádelos. Si están congelados, directamente del congelador a la olla.
16. Remuévelo todo y añade vino de cocinar.
17. Tómate otro sorbo de Spritz, pues tendrás que esperar un poco a que se evapore el vino.
18. Cuando se haya evaporado el vino, añade los 2 kg. de tomate y remueve.
19. Baja el fuego al mínimo y, si es de una cocina vitrocerámica, al 1. Puedes hacerlo gradualmente según veas que la salsa va rompiendo a hervir hasta que llegues al nivel de calor mínimo de la cocina.
20. Acábate tranquilamente el Spritz.
21. Mira un capítulo de El comisario Montalbano.
22. Ve a la cocina, mira cómo va la boloñesa, pruébala y corrígela de sal y acidez (ya sabes que para esto, lo mejor es añadir un poco de azúcar).
23. Mírate La gran belleza de Paolo Sorrentino.
24. Vuelve a controlar cómo va la boloñesa, aunque también puedes parar en algún momento El comisario Montalbano y la película y echarle un ojo.
24. Escúchate un disco de Franco Battiato o Lucio Dalla, o cualquier cantante italiano que te guste (por favor, que no sea Ricchi e Poveri, Francesco Napoli, Torrebruno o algún meloso por el estilo, la boloñesa podría sufrir).
25. Controla si la boloñesa está suave y cremosa y ajusta el tiempo de cocción en función de si ya está hecha.
Después de cinco o seis horas de cocción al mínimo, la boloñesa ya estará lista para añadirla a tu pasta preferida. Mis hijos, como todo hijo muy críticos con su padre y el mayor, además, un maldito gourmet, dicen que me sale casi tan buena como a su abuela italiana.
Seguro que durante todo este tiempo has estado pensando que aquí hay algo que no cuadra: ¿para qué he hecho 3 kilos de boloñesa si era para cuatro personas? Bueno, habrá que aprovechar la inversión, con lo que coges unas fiambreras, en vulgo moderno tupper, las rellenas con porciones para cuatro personas y las congelas.
Solo toca añadir la pasta, de cuya cocción ya hablaremos otro día, pues eso de echar aceite al agua o lavarla para enfriarla es una aberración.
Y con esto, ¿qué vino me bebo? (si es que después del Spritz puedes tomar más alcohol). Pues te aconsejo un Vino Nobile de Montepulciano o un Amarone della Valpolicella.
Espero que te salga muy buena y buen provecho.
Si mis paranoias e idioteces, con tan pocas entradas, habían seguido vivas, ¿por qué no iba a seguir alimentándolas y con tan mal alimento hacer crecer mi ego y vanidad? Y como de alimentar se trataba, pues retomo el blog con una receta, que ya habrá tiempo de hablar de Geografía y de muchas otras cosas.
Últimamente me ha dado por preparar boloñesas, esa salsa italiana que muchos piensan que es añadir tomate frito de bote a una carne picada, echar orégano y ya está, lo cual viene a ser como echar ketchup a una paella. La boloñesa es una salsa mucho más noble y delicada que todo eso.
Ingredientes para 4 personas:
1/2 cebolla.
2 dientes de ajo.
6 láminas de boletus edulis (bien pueden ser frescos, congelados o secos. Si están en dados, también vale).
750 gr. de carne de ternera picada.
4 chorizos criollos pelados y troceados (no es necesario echar la piel del chorizo, normalmente dejo que mi basura se alimente con ella, pues suele pasar mucha hambre y no le importa comer de todo).
2 kg. de tomate triturado.
Aceite.
Sal.
Pimienta molida.
Romero.
Vino de cocinar.
1 Spritz.
Elaboración:
1. Llena una copa de balón con hielo y una rodaja de naranja.
2. Añade 3 partes de cava a la copa.
3. Añade 2 partes de Aperol a la copa.
4. Añade 1 parte de sifón a la copa.
5. Remueve ligeramente y ya tendrás preparado el Spritz.
6. Si los boletus edulis que vas a utilizar están secos, introdúcelos en agua tibia durante unos minutos. Si son frescos, deja que sigan encima de la mesa después de haberlos limpiado y troceado; si son congelados, deja que sigan en el congelador.
7. Corta el ajo en láminas.
8. Corta la cebolla en pequeños trozos.
9. Bebe un sorbo del Spritz.
10. Sofríe el ajo y la cebolla.
11. Bebe otro sorbo del Spritz.
12. Dora la carne picada y la cebolla. Dorar es un término elegante que se utiliza para decir que tienes que cocinar una carne o un pescado, pero que todavía no te lo puedes comer porque tienes que añadir más cosas.
13. Bebe otro sorbo de Spritz, que esta vez, de tanto dar vueltas a la carne, te lo has ganado.
14. Añade sal, pimienta y romero a tu gusto.
15. Añade los boletus edulis. Si están frescos, échalos directamente. Si están secos, escúrrelos ligeramente y añádelos. Si están congelados, directamente del congelador a la olla.
16. Remuévelo todo y añade vino de cocinar.
17. Tómate otro sorbo de Spritz, pues tendrás que esperar un poco a que se evapore el vino.
18. Cuando se haya evaporado el vino, añade los 2 kg. de tomate y remueve.
19. Baja el fuego al mínimo y, si es de una cocina vitrocerámica, al 1. Puedes hacerlo gradualmente según veas que la salsa va rompiendo a hervir hasta que llegues al nivel de calor mínimo de la cocina.
20. Acábate tranquilamente el Spritz.
21. Mira un capítulo de El comisario Montalbano.
22. Ve a la cocina, mira cómo va la boloñesa, pruébala y corrígela de sal y acidez (ya sabes que para esto, lo mejor es añadir un poco de azúcar).
23. Mírate La gran belleza de Paolo Sorrentino.
24. Vuelve a controlar cómo va la boloñesa, aunque también puedes parar en algún momento El comisario Montalbano y la película y echarle un ojo.
24. Escúchate un disco de Franco Battiato o Lucio Dalla, o cualquier cantante italiano que te guste (por favor, que no sea Ricchi e Poveri, Francesco Napoli, Torrebruno o algún meloso por el estilo, la boloñesa podría sufrir).
25. Controla si la boloñesa está suave y cremosa y ajusta el tiempo de cocción en función de si ya está hecha.
Después de cinco o seis horas de cocción al mínimo, la boloñesa ya estará lista para añadirla a tu pasta preferida. Mis hijos, como todo hijo muy críticos con su padre y el mayor, además, un maldito gourmet, dicen que me sale casi tan buena como a su abuela italiana.
Seguro que durante todo este tiempo has estado pensando que aquí hay algo que no cuadra: ¿para qué he hecho 3 kilos de boloñesa si era para cuatro personas? Bueno, habrá que aprovechar la inversión, con lo que coges unas fiambreras, en vulgo moderno tupper, las rellenas con porciones para cuatro personas y las congelas.
Solo toca añadir la pasta, de cuya cocción ya hablaremos otro día, pues eso de echar aceite al agua o lavarla para enfriarla es una aberración.
Y con esto, ¿qué vino me bebo? (si es que después del Spritz puedes tomar más alcohol). Pues te aconsejo un Vino Nobile de Montepulciano o un Amarone della Valpolicella.
Espero que te salga muy buena y buen provecho.
miércoles, 17 de noviembre de 2010
Todos tenemos un pequeño geógrafo dentro (I)
Lo siento, la intervención de hoy puede que carezca de interés para muchos de los que la lean e incluso ser aburrida, aunque para mí no. No voy a hablar de nada gracioso, ni que se pueda cocinar en el fin de semana, ni que sea de actualidad inmediata, aunque es algo cotidiano. Voy a hablar de la Geografía, mi relación con ella y la percepción equivocada que se suele tener de esta ciencia, aunque no voy a dedicarme a relatar las innumerables teorías, corrientes y cabezas pensantes. Espero, si llegas esta vez al final, que puedas ver que la Geografía no es un conocimiento en absoluto inútil, sino como algo que eres capaz de ver e interpretar todos los días.
Soy geógrafo, lo tengo que reconocer. Esos son los estudios que cursé y una de mis grandes pasiones en la vida, aunque en ningún momento, por desgracia, he podido ejercer como profesional (aunque espero que la cosa pueda cambiar en breve y me pueda dedicar a enseñarla). El haber estudiado Geografía te permite ver el mundo y, más concretamente, el espacio que te rodea con otra mirada, teniendo en cuenta todos los factores que en él intervienen. Empezaré la paranoia de hoy con dos, mejor dicho tres, cosas que me han ocurrido.
La mayoría de las veces que digo que soy geógrafo, suelo recibir dos contestaciones:
- Entonces sabrás por dónde pasan todos los ríos, las capitales de todo el mundo, los montes y los valles de las cordilleras y todo lo demás.
- ¿Para qué has estudiado eso, si no sirve para nada? Ya me dirás para qué te sirve saber dónde están las montañas, los ríos, los países y las capitales. Podías haber estudiado algo más útil, no me extraña que trabajes como traductor.
En estos casos, me armo de paciencia y digo que eso no es Geografía, sino toponimia. Está muy bien saber dónde se encuentran los accidentes geográficos, pero resulta de muy poca utilidad memorizarlos todos. Mi respuesta habitual es "para eso está el atlas, los geógrafos hacemos otras cosas". ¿Acaso un filólogo sabe el significado de todas las palabras en todas sus acepciones? Pues no, las conoce, sabe el significado de una gran parte, pero lo que estudia son otras cosas. Con la Geografía pasa lo mismo.
El otro día fui a una librería, perteneciente a una cadena, con un fondo librero muy bueno. Está a medio camino entre la cadena y la librería de toda la vida. Buscaba libros de Geografía, en concreto uno que recomiendo de Yves Lacoste con el título Geopolítica (sí, la geopolítica forma parte de la Geografía, no son Ciencias Políticas, aunque de ella asume algunos aspectos, ni del Periodismo, aunque sean los periodistas los que más hablen de geopolítica, pero esto es algo que sucede con todos los campos de estudio de la Geografía) ya que explica de manera magnífica las zonas de tensión en el mundo y sus causas, incluida la situación del Sáhara Occidental y la lamentable actitud de nuestro gobierno (si no lo cuelo hoy, reviento). Todos los libros estaban distribuidos por temática: Historia, Arte, Sociología, Literatura, etc., pero no vi ninguna estantería en la que pusiera Geografía. Fui a ver entre los libros de Historia ya que suelen mezclarlo (ya se sabe, Geografía e Historia) y tampoco había nada. Pues nada, me dije, vamos a preguntar y a ver en este caso qué sucede (no es la primera vez que me veo en este trance). Pregunto a la dependienta y veo cómo me pone una cara rara, entre sorpresa y desconcierto, a la vez que mostraba de una manera evidente cómo intentaba recordar en qué lugar de la tienda podría haber un libro con esa palabreja (tengo que reconocer que soy un poco cabroncete y disfruté bastante con la situación). Después de un momento de vacilación, me preguntó si buscaba un libro concreto, le dije que sí, que quería ver si había otros, pero que estaba buscando el que ya os he recomendado. Al oír el título, se marchó inmediatamente hacia la estantería de los libros de política (me lo esperaba, no voy a decir que no, casi todo lo que lleva el prefijo "geo-", menos Geología, corresponde a la Geografía, pero no sé por qué, el prefijo siempre se cae y va a parar al lugar equivocado). Me dijo que no lo tenían, pero que lo podían pedir.
No contento, me fui a otra librería, en esta incluso tenían libros de Filosofía, Antropología y partituras (otra paranoia de la que quizá hable otro día), por lo que pensé que lo mismo tenía suerte y, aunque no tuvieran el libro, algo podría ver. Tengo que asegurar que en esta ocasión la respuesta fue original, aunque más desalentadora: "¿Está buscando libros de colegio y atlas?". Dije que no y me fui pensando: la Geografía se ha quedado en algo que se estudia en los colegios y no sirve para nada más. Finalmente, en la tercera librería a la que fui, y en esta sí que había libros de Geografía, lo encontré.
En fin, como veis, la Geografía es ese gran desconocido con el que convivimos todos los días, sobre todo cuando nos vamos de vacaciones. En mi siguiente publicación intentaré demostrar que todos llevamos un pequeño geógrafo dentro, aunque no lo sepamos, y que alguna vez hemos hecho un pequeño análisis geográfico también sin saberlo.
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