miércoles, 17 de noviembre de 2010

Todos tenemos un pequeño geógrafo dentro (I)

Lo siento, la intervención de hoy puede que carezca de interés para muchos de los que la lean e incluso ser aburrida, aunque para mí no. No voy a hablar de nada gracioso, ni que se pueda cocinar en el fin de semana, ni que sea de actualidad inmediata, aunque es algo cotidiano. Voy a hablar de la Geografía, mi relación con ella y la percepción equivocada que se suele tener de esta ciencia, aunque no voy a dedicarme a relatar las innumerables teorías, corrientes y cabezas pensantes. Espero, si llegas esta vez al final, que puedas ver que la Geografía no es un conocimiento en absoluto inútil, sino como algo que eres capaz de ver e interpretar todos los días.

Soy geógrafo, lo tengo que reconocer. Esos son los estudios que cursé y una de mis grandes pasiones en la vida, aunque en ningún momento, por desgracia, he podido ejercer como profesional (aunque espero que la cosa pueda cambiar en breve y me pueda dedicar a enseñarla). El haber estudiado Geografía te permite ver el mundo y, más concretamente, el espacio que te rodea con otra mirada, teniendo en cuenta todos los factores que en él intervienen. Empezaré la paranoia de hoy con dos, mejor dicho tres, cosas que me han ocurrido.

La mayoría de las veces que digo que soy geógrafo, suelo recibir dos contestaciones:
  • Entonces sabrás por dónde pasan todos los ríos, las capitales de todo el mundo, los montes y los valles de las cordilleras y todo lo demás.
  • ¿Para qué has estudiado eso, si no sirve para nada? Ya me dirás para qué te sirve saber dónde están las montañas, los ríos, los países y las capitales. Podías haber estudiado algo más útil, no me extraña que trabajes como traductor.
En estos casos, me armo de paciencia y digo que eso no es Geografía, sino toponimia. Está muy bien saber dónde se encuentran los accidentes geográficos, pero resulta de muy poca utilidad memorizarlos todos. Mi respuesta habitual es "para eso está el atlas, los geógrafos hacemos otras cosas". ¿Acaso un filólogo sabe el significado de todas las palabras en todas sus acepciones? Pues no, las conoce, sabe el significado de una gran parte, pero lo que estudia son otras cosas. Con la Geografía pasa lo mismo.

El otro día fui a una librería, perteneciente a una cadena, con un fondo librero muy bueno. Está a medio camino entre la cadena y la librería de toda la vida. Buscaba libros de Geografía, en concreto uno que recomiendo de Yves Lacoste con el título Geopolítica (sí, la geopolítica forma parte de la Geografía, no son Ciencias Políticas, aunque de ella asume algunos aspectos, ni del Periodismo, aunque sean los periodistas los que más hablen de geopolítica, pero esto es algo que sucede con todos los campos de estudio de la Geografía) ya que explica de manera magnífica las zonas de tensión en el mundo y sus causas, incluida la situación del Sáhara Occidental y la lamentable actitud de nuestro gobierno (si no lo cuelo hoy, reviento). Todos los libros estaban distribuidos por temática: Historia, Arte, Sociología, Literatura, etc., pero no vi ninguna estantería en la que pusiera Geografía. Fui a ver entre los libros de Historia ya que suelen mezclarlo (ya se sabe, Geografía e Historia) y tampoco había nada. Pues nada, me dije, vamos a preguntar y a ver en este caso qué sucede (no es la primera vez que me veo en este trance). Pregunto a la dependienta y veo cómo me pone una cara rara, entre sorpresa y desconcierto, a la vez que mostraba de una manera evidente cómo intentaba recordar en qué lugar de la tienda podría haber un libro con esa palabreja (tengo que reconocer que soy un poco cabroncete y disfruté bastante con la situación). Después de un momento de vacilación, me preguntó si buscaba un libro concreto, le dije que sí, que quería ver si había otros, pero que estaba buscando el que ya os he recomendado. Al oír el título, se marchó inmediatamente hacia la estantería de los libros de política (me lo esperaba, no voy a decir que no, casi todo lo que lleva el prefijo "geo-", menos Geología, corresponde a la Geografía, pero no sé por qué, el prefijo siempre se cae y va a parar al lugar equivocado). Me dijo que no lo tenían, pero que lo podían pedir.

No contento, me fui a otra librería, en esta incluso tenían libros de Filosofía, Antropología y partituras (otra paranoia de la que quizá hable otro día), por lo que pensé que lo mismo tenía suerte y, aunque no tuvieran el libro, algo podría ver. Tengo que asegurar que en esta ocasión la respuesta fue original, aunque más desalentadora: "¿Está buscando libros de colegio y atlas?". Dije que no y me fui pensando: la Geografía se ha quedado en algo que se estudia en los colegios y no sirve para nada más. Finalmente, en la tercera librería a la que fui, y en esta sí que había libros de Geografía, lo encontré.

En fin, como veis, la Geografía es ese gran desconocido con el que convivimos todos los días, sobre todo cuando nos vamos de vacaciones. En mi siguiente publicación intentaré demostrar que todos llevamos un pequeño geógrafo dentro, aunque no lo sepamos, y que alguna vez hemos hecho un pequeño análisis geográfico también sin saberlo.

viernes, 12 de noviembre de 2010

La dura vida del traductor

En primer lugar quiero daros hoy una buena noticia. Puesto que el número de artículos publicados ya ha alcanzado un número considerable, a partir de ahora voy a disminuir el ritmo de las intervenciones a algo más llevadero, al menos una por semana, pero ya no será todos los días.

Hoy voy a hablar del innoble oficio del traductor, pero antes que nada, os dejo a modo de introducción este vídeo que me ha pasado una compañera. Seguro que os hará reír un poco, es lo que pasa cuando pillas un vídeo de Buenafuente (por cierto, el señor del público que se ríe tanto al principio es idéntico a un amigo mío, pero con 25 años más).



Cada vez que digo a alguien que soy traductor, y sobre todo, si digo que lo que traduzco son manuales de instrucciones, me suelen responder de una de las maneras siguientes:

  1. "¡Pues vaya, hacen cada traducción que no hay quien las lea! El otro día me compré una sandwichera y no había quien entendiera lo que ponía. Tuve que leerlas en inglés." Esta respuesta suele ser minoritaria.
  2. "¿Y para qué traduces manuales, si nadie los lee? Por lo menos, tienes la tranquilidad de que si metes la pata, nadie se va a dar cuenta." Sí, nadie se va a dar cuenta menos el del caso anterior, que siempre le toca la traducción del "don't".
El caso es que esta última afirmación suele ser cierta. Me compro una sandwichera, no leo el manual, total, es conectarla, esperar a que se caliente y poner los sandwiches, eso sí, como no has leído el manual, no sabes que tienes un don't suelto por casa y, si está bien traducido, tampoco sabes que no se debe colocar mantequilla en las placas, aunque el sandwich esté más rico, porque te las cargas. Que me compro un programa de ordenador, tampoco me leo las instrucciones porque además suelen venir sin instrucciones o son escasas. Que me compro una cámara de fotos, no lo leo, si es apuntar y disparar, pero luego me encuentro con la palabra "Formato" en un menú, pienso que es para dar un formato raro a las fotos y... ¡mierda, las ha borrado, era para formatear! Y eso por no haber leído el manual (vale que el traductor podía haber puesto Formatear, estoy de acuerdo, pero si supierais en las condiciones en las que se traducen los menús de todos los aparatos, incluidos los programas de ordenador, alucinaríais, aunque no lo excuso). Que me mandan a trabajar a una central nuclear, tampoco leo las instrucciones, total... prefiero no pensarlo.

La parte triste de este vídeo es que el caso de esta sandwichera no es aislado, sino que es una tónica que se está imponiendo, incluso en las grandes empresas de traducción. La legislación española obliga a que todo aparato vendido en España lleve sus instrucciones traducidas al español, pero no habla en absoluto de la calidad de la misma ni de que la acumulación de una serie de palabras españolas en lo que se supone que es una frase no sea una traducción, de ahí que cada vez más, las empresas intenten ahorrarse un dinero empleando un traductor automático. He llegado a ver en una traducción que un barítono estudió en el invernadero de Madrid.

A modo de ejemplo, he cogido una frase española, muy sencilla, la he traducido al inglés con Google Translator, luego he hecho lo mismo del inglés al español, y así sucesivamente. Éste es el resultado:

  • Quiero amarte intensamente
  • I want to love intensely
  • Quiero amar intensamente
  • I love intensely
  • Me encanta intensamente

Pasamos de un deseo dirigido a una persona concreta a un deseo universal, convirtiéndose en una afirmación categórica sobre cómo ama esta persona para acabar diciendo que algo le gusta con locura. La cosa no deja de tener su gracia si no fuera porque la traducción de manuales técnicos e informáticos se está dirigiendo por este camino. Las grandes empresas están firmando acuerdos para desarrollar sistemas de traducción automática con el fin de prescindir de los caros costes de la traducción humana. Por otro lado, en una frenética carrera por reducir costes, están solicitando traducciones de calidad básica, sin revisión, a precios reducidos. ¿Te imaginas los resultados que podría tener la instrucción "no una el cable rojo con el azul ya que podría producirse un cortocircuito" si no se tradujera correctamente?

Es evidente que a la hora de adquirir un producto, no prestamos ninguna atención a la calidad de las instrucciones, ni los usuarios ni los fabricantes, sin tener en cuenta que es una parte esencial del mismo y si un menú está mal traducido y en lugar de dar formato a una foto, borro todo el contenido de la tarjeta de memoria, no ha pasado nada, pero me cabreo porque en vez de "Formatear" ponía "Formato" y ahí se queda todo.

La traducción es un sector que ha cobrado una enorme importancia en los últimos años, haciendo que en los últimos 25 años muchas universidades empezaran a ofrecer estos estudios, estudios que hasta ese momento existían sólo en dos y ofreciendo una diplomatura. De él dependen muchos empleos, tanto de autónomos como de empleados. Es un sector de la economía que ha ido adquiriendo una fuerza y presencia cada vez mayor. La diferencia entre una buena traducción y una mala puede ser lo que evite que se produzca un accidente o que podamos utilizar un aparato correctamente y aprovecharlo al máximo. Como consumidores, tenemos mucho que decir, más allá de que se hacen malas traducciones o lamentarse porque un menú está mal traducido y sus consecuencias han sido nefastas. Si al comprar un aparato y leer las instrucciones vemos que no son adecuadas, podemos devolverlo explicando los motivos. El vendedor pondrá cara de extrañeza la primera vez, pero si es una dinámica habitual, los fabricantes se tomarán en serio este aspecto y dejarán de considerarlo un requisito legal. Podría parecerles que una buena traducción es cara, pero es un valor añadido al producto y, si sólo se tuviera que vender una unidad, evidentemente sería cara, pero al final, teniendo en cuenta el coste unitario, estamos hablando del chocolate del loro. Lamentablemente, o como consumidores hacemos valer nuestros derechos, o en el futuro tendremos sólo traducciones de dudosa calidad realizadas por el ordenador o sin ofrecer las debidas garantías de revisión, lo cual redundará en nuestro perjuicio y afectará negativamente en muchos profesionales que han dedicado mucho tiempo y esfuerzo, y lo siguen haciendo, para formarse.

Para terminar, volvemos a mi paranoia de la semana. Parece que el gobierno español empieza a moverse con lo que está sucediendo en El Aaiún. El paso que han dado me recuerda cuando en mi pueblo alguien comete un error, sobre todo si es una estupidez, y otro le dice: ¡Pero chico, ¿qué has hecho?! Lamentable.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Las papas de papi

Si hay un plato que mis hijos me piden cuando hago la tonta pregunta de qué queréis comer/cenar hoy, es éste. El "de papi" es la coletilla que puso mi hijo a la forma tonta que tuve de dar un poco de aderezo a unas simples patatas fritas. Es una buena guarnición para cualquier plato de agrado de los niños. Hoy, vamos a ser serios y lo haremos para cuatro personas. Vamos allá:

Ingredientes:
  • 4 patatas
  • 6 tiras de bacon
  • 1 bolsa de mezcla de quesos en tiras (no pongo la marca, pero si me subvencionan, no tengo ningún problema)
  • Sal
  • 1 dry martini
Procedimiento:
  1. En una copa de cóctel, coloca media rodaja de limón y una o dos aceitunas (a gusto del consumidor).
  2. En una coctelera, añade una parte de Martini seco y cuatro partes de vodka (normalmente se hace con ginebra, pero a mí me gusta más con vodka, como a James Bond).
  3. Añade tres o cuatro cubitos de hielo a la coctelera.
  4. Cierra la coctelera y agítala enérgicamente durante 20 segundos, déjala reposar durante 5 segundos y agítala de nuevo durante otros 10 segundos, también enérgicamente.
  5. Sirve el contenido en la copa, manteniendo el hielo dentro de la coctelera gracias al colador que incorpora.
  6. Pela las patatas, córtalas en tiras y sazónalas.
  7. Tómate un sorbito de dry martini.
  8. Fríe las patatas hasta que estén a punto de estar crujientes.
  9. Mientras tanto, además de tomar otro sorbo del dry martini, corta el bacon en trozos pequeños.
  10. Pon a freír el bacon en otra sartén sin añadir aceite.
  11. Toma otro sorbo de dry martini.
  12. Deja escurrir el bacon.
  13. Toma otro sorbo de dry martini.
  14. Saca las patatas, déjalas escurrir y, a continuación, colócalas en una fuente para horno.
  15. Añade el bacon, parte del queso y mézclalo bien.
  16. Venga, otro sorbito más de dry martini.
  17. Esparce el queso restante encima de las patatas y mételo a gratinar al horno.
  18. Acábate mientras tanto el dry martini.
  19. Cuando esté gratinado (5 o 10 minutos), saca la fuente y estará listo para comer.
P.S.: no te olvides de la situación en el Sáhara Occidental, que sigue siendo la misma, con muertos, torturados y desaparecidos; los derechos humanos pisoteados y nuestro gobierno... en Seúl (?)

miércoles, 10 de noviembre de 2010

La responsabilidad no termina cuando se dice adiós

No es cuestión de empezar explicando lo que todo el mundo conoce, que en este caso es la colonización y la descolonización, que suele concluir con una patada a la potencia en la parte más visible según se va retirando de la colonia; pero empecemos el relato en el momento en el que la colonia adquiere su independencia (en la mayoría de los casos) o su estatus pasa a ser diferente al que había tenido hasta entonces, como es el caso que hoy me está haciendo hervir la sangre. A partir de su independencia, la colonia se constituye en un estado nuevo y es responsable de su propio territorio, gestión y destino, sin que en ningún caso la metrópoli, como expresaba el incombustible político gallego en otro contexto, deba ejercer bajo ningún concepto "tutelas ni tutías" sobre la antigua colonia, sino establecer sus relaciones bilaterales como dos países independientes y soberanos, sin injerencias de ningún tipo entre ellos y respetando en todo momento las decisiones tomadas por el otro. No obstante, y éste es mi punto de vista, la antigua metrópoli siempre tiene un cierto deber moral (deber, que no autoridad) sobre la antigua colonia. Si en otros tiempos extrajo sus riquezas y formó parte de su territorio, creando de este modo unos vínculos culturales fuertes, justo es que la antigua metrópoli apoye a la antigua colonia en lo que pueda precisar, siempre que este apoyo no vaya en contra de sus valores y, hasta cierto punto, intereses, y mantenga con ella unas relaciones prioritarias y, como dije anteriormente, desde un plano de igualdad.

Tengo que reconocer que si bien este principio se cumple estrictamente con los países de Latinoamérica y Guinea Ecuatorial, la situación con el Sáhara Occidental es totalmente diferente. Después de una descolonización apresurada como consecuencia de la marcha verde, el territorio se repartió entre Marruecos y Mauritania. El segundo país se retiró del Sáhara en 1979, pero Marruecos sigue ocupándolo, dando largas a un referéndum sobre la autodeterminación que aceptó en 1981. No voy a contar aquí la situación del territorio ni la vida en los campos de refugiados, que es ya conocida de todos, pero lo que sí haré es expresar mi opinión.

Cada vez que oigo hablar del Sáhara Occidental siento tristeza y lo que podríamos llamar vergüenza porque no fuimos capaces de llevar a cabo una descolonización digna, no ya para nosotros por la manera en la que salimos de allí, que dada la situación carece de importancia, sino para el pueblo saharáui. El Sáhara Occidental es un territorio en el que Marruecos ha llevado a cabo una política de colonización desde hace años con el fin de controlar el territorio desde todos los niveles, incluido el de obtener el resultado esperado en el tan traído y llevado referéndum al crecer en el censo la población marroquí. Por otro lado, el territorio se ve sometido a todo tipo de violación de los derechos humanos, sin ningún tipo de garantía de las que gozamos en España para la población. En los últimos días estamos viendo cómo la policía ha asaltado un campamento de protesta provocando muertos, heridos, detenciones, agresiones y devastación en la ciudad de El Aaiún. La prensa internacional tiene prohibida su entrada y por parte de las autoridades marroquíes se niega todo lo que está sucediendo, hasta que una noticia logra burlar su censura y llega a la opinión pública occidental, momento en el que reconocen una parte ínfima de lo que está pasando.

Si lo que se está viviendo en estos días en El Aaiún sucediera en otro lugar del mundo, nuestro gobierno habría expresado su más enérgica protesta y el rechazo por la situación, pero al ser Marruecos, la cosa se queda en poner cara de circunstancias y pedir que se deje el acceso a la prensa mientras el Ministro de Exteriores marroquí expresa las excusas más inverosímiles. Entiendo que las relaciones con Marruecos deben ser fluidas, amistosas y preferentes. Entiendo también que Marruecos tiene la llave para evitar el tráfico de droga, la inmigración y la entrada de parte del terrorismo islamista a España, tres grandes problemas que sufrimos o podemos sufrir, pero ¿no hay ninguna manera, incluida las conversaciones con otros países aliados de ambos y más influyentes sobre Marruecos, de evitar esta actitud por parte de este país? ¿Tan poca influencia tenemos sobre el país vecino? Nos llenamos la boca en las potencias occidentales de decir que defendemos los derechos humanos en el mundo, ¿por qué Marruecos es una excepción? ¿Cómo serían nuestras relaciones con Francia si adoptáramos la actitud de Marruecos?

No entiendo, ni acepto, que se violen los derechos humanos más básicos y que todo el mundo se quede de brazos cruzados y menos aún nosotros si el territorio en el que sucede fue en otro momento una colonia nuestra (y repito, no creo que tengamos ningún tipo de autoridad ni derechos sobre las antiguas colonias, pero sí ciertos deberes hacia ellas). Deberíamos tener una posición más firme y de tolerancia cero ante estos acontecimientos, como lo tendríamos en otros lugares del mundo. Se me puede decir que proponga la solución, pero no la tengo ni es mi cometido, aunque como ciudadano estoy en mi derecho de expresar mi opinión abierta y claramente sobre todo aquello con lo que no estoy de acuerdo. La obligación de aportar soluciones no es de los ciudadanos, sino de los políticos, razón por la que los elegimos y entregamos nuestros impuestos, para que aporten soluciones imaginativas e incluso innovadoras a los problemas de los ciudadanos, bien sea de su propio país como de países ajenos, como es el caso.

martes, 9 de noviembre de 2010

Mi infancia son recuerdos de un aula de Castilla

El otro día estaba asomado a la terraza, viendo el árbol que tengo en el jardín, y me acordé, no sin poca añoranza, de aquel olmo viejo, hendido por el rayo y en su mitad podrido que nos retrataba Machado. La añoranza me vino por la cantidad de grandes lecturas que plagaban nuestros libros de texto y, pareciéndome que no las había encontrado en los libros de ninguno de mis dos hijos, le pregunté al mayor, que estudia sexto de primaria, si sabía quién era Antonio Machado. Su respuesta fue, con la cara de extrañeza que pone un niño cuando le preguntan algo que está en las antípodas de su mundo, que no tenía ni idea. Añadí otros nombres: Quevedo, Lope de Vega, Calderón, Lorca, Rubén Darío, Bécquer, Ana María Matute y otros nombres más, y la respuesta fue la misma con la misma cara de extrañeza. Finalmente acerté a decir Juan Ramón Jiménez y me respondió "¿Ése no es el que tenía un burro?". Allí lo dejé para no deprimirme todavía más.

No culpo a mi hijo de su desconocimiento, puesto que si no sabe quiénes son estos autores es porque ni la escuela ni nosotros nos hemos encargado de presentárselos. Algo tiene que funcionar mal cuando "El lagarto está llorando. / La largarta está llorando. / El lagarto y la largarta / con delantalitos blancos." se ha visto sustituido por "El pato Paco por la charca corre. La charca de mil colores." (sustituto inventado por mí, pero en cualquier libro de texto podemos encontrar ejemplos parecidos), lecturas valiosas, sin lugar a dudas, pero que no tienen la capacidad de llevarte de la mano, sin apenas darte cuenta, al estudio de la Literatura española.

A veces me enseña mi hijo un texto de un libro de la escuela que sin duda es gracioso, pero no puedo evitar pensar en aquel hombre a una nariz pegado, que además era superlativa, sayón y escriba. Muchas de las palabras no las entendía, pero tampoco era lo más importante, puesto que me divertía imaginar al pobre Góngora con su magnífica nariz y, con la perspectiva del tiempo, me doy cuenta de que me permitía empezar a conocer a Quevedo y al tan mal (o bien) retratado Góngora. Hoy tenemos textos realmente ingeniosos para describir cualquier cosa, pero la descripción del soneto (prefiero no preguntar a mi hijo si sabe lo que es un soneto) que Lope hace, sintiéndose en gran aprieto, a Violante y que burla burlando consiguió que fueran los tres primeros versos delante para, finalmente, pedirnos que contáramos si eran catorce, difícilmente es equiparable. Leen buenas formas de decirnos dónde se encuentra un objeto, pero ninguna mejora a "Del salón en el ángulo oscuro"; o de mostrar despreocupación por lo que piensen los demás, pero en ningún caso diciendo "Quiero más una morcilla / que en el asador reviente; / y ríase la gente". Imaginan los mundos más extraños, pero ninguno como el mundo al revés del lobito bueno de José Agustín Goytisolo. Podrán describirles a cualquier persona o animal, pero en ningún caso les dirán que "es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro." Por lo menos hay cosas que no cambian, mil veces ciento siguen siendo cien mil y mil veces mil, un millón; aunque mientras tanto ya no revoloteen las inevitables golosas y vulgares moscas. Sólo espero que nuestros queridos escritores no sean como las golondrinas de Bécquer que aprendieron nuestros nombres y que vuelvan a las lecturas de los libros del colegio. Estas lecturas que salpicaban nuestros libros durante toda la E.G.B. nos permitieron introducirnos sin darnos cuenta en el estudio de la Literatura, pues los autores que íbamos a estudiar ya los conocíamos, eran como de la familia.

Por cierto, no me preguntéis de qué especie es mi árbol, no lo sé. Soy un auténtico ignorante de botánica. El otro día, mi prima Inma preguntó qué era el arbusto rojo ese. No sabiendo qué responder, le dije con todo convencimiento: "el arbusto rojo ese". La Biogeografía era una asignatura optativa y, por ser tal, no opté por ella.

lunes, 8 de noviembre de 2010

¿Cuándo se vive realmente?

Antes de empezar con la locura del día, quiero tratar una cuestión de procedimiento, como suelen decir en las reuniones importantes. Algunos amigos me han dicho que han intentado introducir un comentario, pero no han podido. El problema ya está resuelto, era una configuración predeterminada que impedía introducir comentarios a quien no estuviera registrado. Ahora está abierto a todos. Dicho esto, vamos con la tontería del día.

Ayer tuve la oportunidad de leer la entrevista que hizo Juan José Millás a Felipe González, esa misma de la que está hablando hoy todo el mundo. Tengo que reconocer que mientras fue presidente del gobierno, fui bastante crítico con él; pero con la opinión que te puede dar la perspectiva, considero que en esa época mejoramos en líneas generales mucho, aunque no es cuestión de ponernos ahora a hacer balance de su gobierno. Pasado algún tiempo de su salida del poder, empecé a leer sus artículos y oír sus intervenciones y a comprobar que mi grado de afinidad con lo que él expresaba iba creciendo, por lo que siempre encuentro interesante leer u oír lo que escribe o dice. En la entrevista de ayer hubo una afirmación que me llamó especialmente la atención y que será la que comentaré hoy, puesto que del resto de lo que dijo se ha tratado profusamente en los medios de comunicación y, además, me parece más coyuntural y menos interesante que esto: "Se viven los primeros veinte años y se sobrevive el resto".

Es algo que me ha pasado por la cabeza alguna vez, sin haberlo sabido expresar de una manera tan redonda. Si echo la vista atrás, no puedo estar más de acuerdo con esta afirmación. Mis primeros veinte años fueron mis años dorados, en los que realmente viví y, si quiero ser más estricto, lo reduciría a los diez primeros años. Muchos podréis decir que qué barbaridad estoy diciendo: el colegio, los estudios, obedecer a los padres, la adolescencia, falta de libertad para hacer lo que se quiera...; pero si lo pensamos fríamente, la vida no ha sido tan despreocupada como por entonces.

Hasta los cuatro años, lo único que me preocupaba era jugar, comer, dormir y ver los dibujos en la tele. Para mí, la vida por entonces era feliz, hasta que un cabronazo compañero del colegio me dijo que algún día me iba a morir. Fui a preguntárselo a mi madre y me respondió, con toda naturalidad, que por supuesto. Allí se empezó a torcer lo mejor de mi vida. Hasta el momento me había creído inmortal ya que ni siquiera me daba cuenta de que la carne de ternera que me comía venía de una vaca que estaba muerta. Vivía plenamente hasta ese momento, en el que di el primer paso hacia la supervivencia. A pesar de este incidente, llevaba una vida despreocupada, intentando que mis hermanos no me cogieran el juguete que tenía, no rompieran aún más el oso de goma que me acompañó desde que cumplí un año e intentando no hacer una picia gorda para no desatar la ira de mis padres. Eso sí que era vida, en la que los veranos estaba en el pueblo, libre desde la mañana a la noche, corriendo por sus calles con mis hermanos, primos y amigos sin preocuparme de nada más que de ¡¡¡JUGAR!!!

A partir de los diez años empecé a dar los primeros pasos hacia la supervivencia, aunque todavía aquello era vivir y, con la perspectiva del tiempo, vivir bien. Los estudios se hacían cada vez más difíciles (nunca fui un buen estudiante), pero cada año que pasaba alcanzabas nuevas cotas de libertad. Al principio ya podías quedar con tus amigos para ir al parque, poco a poco, cuando ya eras capaz de manejarte en bicicleta entre el tráfico con supuesta sensatez, el radio de acción se ampliaba a prácticamente toda la ciudad (hay que tener en cuenta que por entonces ya vivía en una ciudad de provincias), hasta que tuve la edad para poder llevar un ciclomotor y, por último, el coche y la moto. Los problemas serios no existían, de lo único que me tenía que preocupar era de estudiar y de no hacer una picia demasiado gorda como para desatar la ira de mis padres, que cada vez se desataba con menos frecuencia y se mostraban más permisivos, y, si la hacía, ni siquiera me tenía que preocupar de resolverla (aunque este parámetro era inversamente proporcional a la edad que tuviera en ese momento, por lo que ya con 16 años, me tocaba intentar poner remedio). Recuerdo de esos momentos, en cada enfado o frustración, pensaba siempre lo mismo: "¡qué ganas tengo de ser mayor para hacer lo que quiera!". Pero la preocupación, como suele ser habitual en nuestra sociedad para los niños y los adolescentes, era muy relativa y, vista desde el momento actual, casi nula. Lo que por entonces podía suponer el fin del mundo, ahora resulta algo nimio. ¡Y pensar que por entonces creía que sobrevivía y que viviría realmente cuando acabara los estudios, empezara a trabajar y me independizara!

Ahora ya, con casi 44 años, me doy cuenta de que era entonces cuando vivía. Acabada la universidad, el primer reto se convirtió en encontrar trabajo y mantenerlo e incluso ser cada día mejor en él y dedicarle más tiempo y esfuerzo para que (¡oh, utopía!) se me considere mejor y obtenga mejores retribuciones, que los ingresos sean suficientes para alquilar primero y comprar después una casa, pagar todos los gastos, no excederme en los caprichos. Todo esto, anteriormente, me lo daban hecho y si mis caprichos superaban la realidad, me decían un simple "no hay dinero" y se resolvía el asunto. No tenía que buscar el equilibrio. El tiempo libre ha dejado de ser tiempo libre, ahora es el tiempo para encargarse de la casa, llevar y traer a los hijos (que son los que ahora, por suerte, viven aunque no se lo crean), hacer la compra, pensar en que todo funcione adecuadamente y prestar atención a las miles de pequeñeces que, si dejas de lado en una cantidad determinada, acaban convirtiéndose en un serio problema, o planificar las vacaciones o qué se va a hacer en el tiempo libre.

La realidad cotidiana, las noticias, por entonces eran algo que no tenía importancia. ¿Vamos a comparar que a Vicente le han comprado el Adidas Tango con el inicio de conversaciones para la adhesión de España a la Comunidad Europea? En absoluto, el Adidas Tango de Vicente era el acontecimiento de la semana. Hoy sobrevivimos deprimidos y abrumados por la realidad económica, social y política sin saber por donde empezar para dar la vuelta a todo (pero eso es otro tema del que quizá se hable en otro momento) y sin prestarle más atención de la estrictamente necesaria por higiene mental para poder sobrevivir.

Ahora estoy con la idea de que cuando me jubile será cuando realmente empiece a vivir, pero quizá me esté engañando. Pienso que si no tengo que preocuparme ya de trabajar y de que el flujo de trabajo sea el adecuado y recibo una pensión mensual del Estado, la mayoría de mis preocupaciones se habrán disipado, pero quizá sea sólo un espejismo.

Una vez más, estoy de acuerdo en algo con Felipe González: hasta los veinte años se vive y después se sobrevive. Del resto de lo acontecido en el fin de semana, como lo demás que ha dicho en la entrevista, lo mismo escribo algo otro día, pero ya han metido mucho ruido con eso. De la visita del Papa, ya ni me preocupo, hace tiempo que llegué a la conclusión que bastaba con comparar el Evangelio con su trayectoria vital y sus declaraciones para poder sacar conclusiones sin tener que que añadir ninguna palabra. Del resto, ya veremos.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Con esta R.A.E. no ganamos para sustos

Mira por donde me había propuesto tranquilizarme y dejar de pegar tiros a todo lo que se mueve, pero me ha resultado imposible. Tengo la costumbre de tener abierta la página web de un periódico mientras trabajo, de este modo, cuando necesito un pequeño descanso, echo un vistazo a las noticias y así me voy informando de lo que va pasando. Estaba en uno de estos descansos cuando me encuentro en El País el siguiente titular: La "i griega" se llamará "ye" (http://www.elpais.com/articulo/cultura/i/griega/llamara/ye/elpepucul/20101105elpepucul_9/Tes). Casi pego un respingo al leerlo y no puedo hacer menos que abrir la página en cuestión. Como traductor que soy, cualquier noticia, tema o novedad relacionada con el idioma me interesa, pero no sólo por mi profesión, sino por un interés que podríamos llamar malsano que me inculcaron en el instituto. Empiezo a leer el artículo y me encuentro con las siguientes novedades que paso a comentar:

La "i griega" ya no se llamará así, sino que pasará a llamarse "ye". Por ese mismo motivo, la "i latina" pierde su noble origen y será sólo "i". La razón: "el uso mayoritario en español de la i griega es consonántico (rayo, yegua), de ahí su nuevo nombre, que es mayoritario además en muchos países de América Latina". ¿Y qué hacemos con la conjunción copulativa "y"? (¡qué guarrona, es copulativa! ¡Se lo debe pasar en grande en medio de las demás palabras!). Por más que lo intento, el único sonido que me sale es el vocálico /i/. ¿Diremos ahora "Pedro ye Juan"? Si no nos han insistido para que la pronunciemos bien y la pronunciamos como una "ll", ¿tenemos que humillarla de esta manera? Ya que estamos, sigamos simplificando y eliminando los restos de los orígenes de nuestro idioma: eliminemos la "h", como no se oye... Hagamos caso a Juan Ramón Jiménez y queda proscrita la "g". La "c" sobra: dependiendo del sonido, se usará la "z" o la "k", y lo mismo con la "q".

Sigamos con nuestra querida intrusa "w". De toda la vida en el colegio me enseñaron que se llamaba "uve doble" y ahora pasa a llamarse "doble uve". Y aquí pegué otro respingo. ¿En castellano no se ponía el adjetivo detrás del sustantivo excepto para resaltar de manera especial al sustantivo mismo? No es lo mismo decir "los campos amplios de Castilla" que "los amplios campos de Castilla", el sentido es totalmente diferente. Vale que el que sea doble es característico, ¿pero tan característico es como para cambiarle el nombre? ¿O hay que hacer publicidad a la marca de licores? No me atrevo ya a escribir el tipo de licor, no vaya a ser que encima lo haga mal con tanto cambio. Pero claro, atendiendo a lo dicho de la "ye", como el sonido que da es "v", "güe" o "güi", eliminémosla también y nos quitamos el problema de dónde colocar el adjetivo.

Y llegamos al punto más peliagudo. Ya se veía venir y habían quitado la obligatoriedad de la tilde en algunos casos, pero ahora resulta que no debe llevarla: sólo, éste, ése, aquél, etc. ya no llevan tilde. ¡No lo puedo creer! Con el trabajo que me costó aprenderlo y aplicarlo, ahora no llevan tilde. ¿Quién (los interrogativos siguen llevándola, creo) me resarce ahora por el tiempo que tuve que emplear para preparar los exámenes de recuperación por no acentuar estas palabras correctamente, o incorrectamente, según se mire ahora? ¿Puedo pedir a la R.A.E. que me indemnice o habrá prescrito?

Seguimos con otra novedad. A partir de ahora, la RAE considera "monosílabas a efectos ortográficos las palabras que incluían una secuencia de vocales pronunciadas como hiatos en unas áreas hispánicas y como diptongos en otras". ¿Qué quiere decir esto? Pues que guión, huís, riáis, Sión, truhán y fié ya no llevan tilde y, según Salvador Gutiérrez Ordóñez, coordinador de la nueva ortografía, "escribir guión será una falta de ortografía". Con este punto tengo un problema muy personal. Mi pobre segundo apellido, Sáiz, que nadie lo escribe bien aunque lo deletree, que según el proyecto de ley sobre el orden de los apellidos está en vías de extinción, ¿además le tengo que quitar el acento? Pues creo que me voy a negar digan lo que digan. En absoluto. Por ahí ya no paso. Esto ya es algo muy personal.

Otra novedad, ya no será Qatar, sino Catar; Iraq, sino Irak; quorum, sino cuórum. Como veis, a este idioma ya no lo va a reconocer ni su padre. Cualquier palabra latina que se emplee, se deberá considerar como un extranjerismo, por lo que deberá ir en cursiva y ya no será "ex cathedra", sino "ex cáthedra", ni "deus ex machina", sino "deus ex máchina" (cuanto más lo veo, más ridículo me parece, ¿qué porcentaje de la población sabe que "machina" se pronuncia "máquina"? Deberían cambiar también la grafía de esta sílaba, ya que estamos...). Ya han quitado el latín como asignatura obligatoria en los institutos, ahora también los pocos restos que quedan en nuestro idioma. De aquí a nada, nuestros estudiantes, con la cantidad de anglicismos que llegan cada día, pensarán que el castellano procede del inglés.

Según se publica en La Vanguardia (http://www.lavanguardia.es/cultura/noticias/20101105/54065373097/la-y-se-llamara-ye-guion-pierde-la-tilde-y-quorum-se-queda-en-cuorum.html), tenemos que el prefijo ex-, o sea, el de ex marido, se une a la base léxica si afecta a una palabra y va separado cuando precede a palabras compuestas. Pongamos un ejemplo para entenderlo mejor. Tenemos a una señora separada. Si se lleva bien con su antigua pareja, se referirá a él como "mi exmarido". Hasta ahí parece fácil; pero si se lleva mal con él, se deberá referir a él como "mi ex marido cabrón". ¿Realmente esto es simplificar o complicar el asunto? ¿La razón por la que vaya junto o separado tiene que depender de cómo se lleven? ¿Y qué hacemos con "deus ex máchina"?

En definitiva. Durante toda la vida me han enseñado que hablaba una lengua rica y amplia ya que tenía una base común con diversas modalidades según el territorio en el que se hablara y que ése era uno de los grandes tesoros del castellano, su variedad. Me parece que la estamos empobreciendo a pasos agigantados con el fin de unificarla. ¿Tan mala es la diversidad en nuestro idioma? ¿Tanto se estaba diversificando como para pensar que no podríamos seguir entendiéndonos? ¿Qué será lo siguiente, prohibir el uso del verbo "coger" porque en Latinoamérica tiene un sentido sexual o de la palabra "concha" porque con este término se refieren en Argentina a una parte de la anatomía femenina?

Acaso, como el sistema educativo no es capaz de elevar el nivel cultural de la población o, mejor dicho, mantener el nivel que adquirieron generaciones anteriores (entre ellas en la que me incluyo), ¿hay que bajar el nivel porque nuestros jóvenes no saben acentuar? (No es ninguna exageración, el otro día, un vecino mío de 23 años me preguntó si ponía bien todos los acentos, quedándose sorprendido cuando le dije que por qué no los iba a colocar en su sitio). En mi caso tengo problemas, en una conversación normal, para decir correctamente el pretérito indefinido (o como se llame ahora) del verbo andar y digo andé, andaste, andó, andamos, andasteis y andaron (intento usar una forma regular), aún a sabiendas de que es anduve, anduviste, anduvo, aduvimos, anduvisteis, anduvieron. Sé que es un problema mío y que me tengo que adecuar a la norma, me toca a mí hacer este esfuerzo; pero visto lo visto, señores de la R.A.E, ¿podrían modificarlo para que este pobre melón lo conjugue bien sin tener que esforzarse?

El lema de la R.A.E. es "limpia, fija y da esplendor". La limpieza la están haciendo, quitando todo lo que estorba a algunos. Fijar, fijan, pero creo que ya he dejado clara el tipo de fijación que hacen; pero lo de dar esplendor... creo que el esplendor es algo de lo que se empezaron a olvidar hace ya algún tiempo.

jueves, 4 de noviembre de 2010

La frenética vida del oso panda

Hoy me ha llamado la atención un comentario que hizo en Facebook Carlos (perdonad si no añado apellidos, pero es persona muy conocida y considerada en su especialidad y no es cuestión de ir pregonando lo que cuenta entre colegas), el cuñado de Malís, mi socia y sin embargo amiga aunque a veces me echa unas broncas que parece mi mujer. Se hablaba de osos y el comentario estaba referido al orgasmo del oso panda. En mi mente unívoca se encendieron dos bombillas: oso panda, orgasmo, orgasmo, oso panda, oso panda, orgasmo (y podríamos seguir así eternamente). La curiosidad me invadió y tuve que ir a ver qué pasaba con los orgasmos de los peluches. Entro en Google, tecleo las palabras "oso", "panda" y "orgasmo" y me encuentro que el animal más amado de nuestros pequeños es un auténtico pachorra, tragón y despreocupado. Vayamos por partes.

El macho vive más preocupado por descansar y comer que por el sexo (tío, si no curras ni satisfaces la líbido, ¿de qué tienes que descansar?). Rápidamente me vino a la cabeza la leyenda urbana que dice que los hombres sólo pensamos en comer (como el oso panda), descansar (como el oso panda, pero delante de la televisión), beber cervezas (posiblemente delante de la televisión y el oso panda no lo hace porque no la ha probado nunca) y el sexo (el oso panda no piensa en eso). Llegué a la conclusión de que el oso panda, siempre según esta leyenda urbana, sería el marido perfecto para cualquier mujer ya que somos en todo iguales, pero el animalejo no piensa en el sexo.

Que conste, permitidme el inciso, que no es un comentario en absoluto machista ni sexista, de hecho, el que yo sea hombre no es ni más ni menos que el fruto de una casualidad, ya que tenía el 50% de posibilidades de ser mujer. Si soy hombre es porque el espermatozoide Y que me creó fue más rápido que los demás (bueno, conociendo el resultado, tenía que ir en moto, pero los espermatozoides no saben conducir, luego no era el más rápido), el más hábil (tampoco va a ser, conociendo a mis hermanos y las capacidades que tienen para reformar una casa, capacidad que yo no tengo, no podía ser el más hábil) o el más inteligente (mmmmm, pues tampoco será, a la vista de lo que estás leyendo). Bueno, que si mi espermatozoide Y llegó primero fue porque los millones de sus compañeros y compañeras (seamos por una vez políticamente correctos) salieron muertos en tan impetuosa desbandada; pero el vivo podía haber sido también X, con lo que, como decía, soy un tío por una cuestión de azar, como el a cara o cruz.

Volvamos al peluche más amado de los niños. Resulta que el animalejo en cuestión tiene una erección que sólo dura entre 30 segundos y 5 minutos (bueno, se ha dado el caso de humanos que les ha durado menos que al mejor de los panda), eso sí, ruidosas y acompañadas por gemidos y alaridos (esto lo dice la wikipedia, no yo), como los humanos (dicen). Ahora se entiende que el pobre muchacho no tenga ningún interés por el sexo, total, para medio minuto y que encima se entere todo el vecindario, ni me pongo.

Pero vayamos a la hembra. Resulta que tiene una ovulación de dos o tres días al año y que le va bastante el tema, pudiendo copular varias veces para asegurarse de que va a tener descendencia. ¿Qué significa esto? Vayamos a lo práctico: la osa panda sólo tiene la regla una vez al año y eso, lo mires por donde lo mires, no está mal (bueno, no está mal para la mayoría, porque para las fábricas de compresas y tampones debe ser una ruina).

Todo esto me hace pensar una cosa: el mundo, una vez más, está muy mal repartido. Tenemos por un lado a las osas panda que parece que les va el sexo y sólo tienen la regla una vez al año, lo cual, siempre según la misma leyenda urbana, sería lo ideal para cualquier hombre. Por otro lado tenemos que el panda sólo come y se tumba a la bartola, como cualquier hombre, pero no le interesa nada el sexo. Según la misma leyenda urbana, podría ser el compañero ideal para cualquier mujer: al vago barrigón ya lo tengo en casa, pero por lo menos no me viene con que quiere sexo y además no deja tiradas por todo el salón las latas de cerveza. Lo dicho, el mundo está mal repartido.

Que conste, que luego no se me reproche, no es un comentario machista, si soy hombre es por casualidad, había un 50% de posibilidades de que llegara primero un espermatozoide X y entonces sería mujer, pero por alguna circunstancia extraña que no recuerdo, el mío llegó el primero.

Y con esto he conseguido poner la etiqueta "sexo" en la columnita de la derecha, que parece una tontería, pero hace que mucha gente pulse en ella para ver de qué va.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Carrilleras (o carrillada, según prefieras)

Si me descuido un poco, le tengo que cambiar el título al blog para convertirlo en "El francotirador". No he parado de pegar tiros a todo lo que se movía, por lo que no vendría mal un poquito de sosiego. Por esta razón, hoy la olla viene llena de comida, en concreto, la del título de esta entrada, que os animo a preparar.

Se trata de un plato de los que en un principio dices que debe ser difícil, pero nada más lejos de la realidad. Sus ingredientes son, para cuatro personas (¿por qué todas las recetas están pensadas para cuatro personas?, en este caso no va a ser así, tachamos lo de las cuatro personas y seguimos) ocho personas y si sois cuatro, divides entre dos, que para eso fuiste a la escuela:
  • Una cebolla
  • Tres zanahorias
  • 1 apio grande o 3 o 4 pequeños
  • Aceite
  • Sal
  • Pimienta
  • 4 clavos (de los de cocinar, no vayas a ir a la caja de herramientas)
  • 1 cuadradito de chocolate negro (mi tía Manoli se lo echa al rabo de toro y queda de maravilla)
  • Comino
  • Un vaso de vino tinto
  • Agua
  • Harina
  • 2 kg. de carrilleras (yo la suelo hacer de cerdo, pero también vale ternera)
  • 1 Dry Martini (esto no lo dividas entre dos si cocinas para cuatro, la cantidad es siempre la misma)
Y allá vamos:
  1. Cortas la cebolla, las zanahorias y el apio en cuadraditos (pélalos antes, sé que no es necesario decirlo, pero nunca se sabe) y ponlos a dorar en una olla a presión (para eso sirve el aceite).
  2. Cuando ya esté dorado, añade los clavos y el comino.
  3. Salpimenta las carrilleras.
  4. Enharínalas ligeramente.
  5. Ponlas a dorar en la olla, dando la vuelta cuando estén hechas por cada lado.
  6. Una vez dorada, añade el vaso de vino y deja que evapore el alcohol.
  7. Añade el cuadradito de chocolate y agua hasta que se cubran las carrilleras.
  8. Cierra la olla (advierto, la mía es de las rápidas, una WMF, con lo que si tienes una Magefesa antigua, supongo que necesitará el doble de tiempo) y cuando hayan subido los dos aritos o empiece a pitar como una loca, baja el fuego al mínimo (el 4 en una vitrocerámica) y déjalo cocer durante 15 minutos (30 minutos si no es de las rápidas, supongo).
  9. Espero que mientras tanto hayas disfrutado del Dry Martini, cuya receta daré otro día.
Así de fácil y de suculento. Mi hija, que no le gusta la carne, es la única que consigo que coma, en cambio mi hijo, el "maldito gourmet" de la familia, dice que no le gusta (él se lo pierde).

Ya me contaréis dejando un comentario si os ha gustado.

martes, 2 de noviembre de 2010

¿Por qué nos da por parecer ridículos cuando hacemos turismo?

He tenido la suerte de poder viajar desde que era muy niño. El primer viaje que recuerdo, que probablemente no fuera realmente el primero, fue a Gran Canaria cuando tenía cinco años; y el primero que hice al extranjero fue un año después, en 1972, que acabamos en un pequeño pueblo cercano a Innsbruck. A partir de entonces, ha sido un no parar (o casi), algo bueno debía tener que tu padre trabajara en una compañía aérea. Eran tiempos en los que daba gusto viajar: los aviones eran cómodos con espacio suficiente, no como ahora que el asiento de delante lo tienes 5 cm por detrás de tu nuca, no había colas para visitar los monumentos y para la población local no eras un incordio, sino alguien que venía a conocer su ciudad y saber cómo vivían.

En aquellos tiempos me sentía como un bicho raro, feliz, pero raro: no conocía a nadie a mi alrededor, excepto los hijos de los compañeros de mi padre, que hubieran estado en un lugar distinto del pueblo o el apartamento de la playa. Cuando iba de viaje, no veía niños viajando y el caso que más me llamó la atención fue el puente de la Inmaculada (por entonces no había Constitución) cuando tenía 9 años, que nos fuimos a Atenas, y en esos días no vi ningún niño, ni local ni extranjero. Volví de Grecia pensando que o no había niños griegos o había una ley que prohibía que salieran a la calle (algo que, viviendo en una dictadura, no te parece extraño). Ver otros pueblos y oír otros idiomas o acentos era algo normal y sabías que más allá de los Pirineos había otros lugares muy distintos, con unas tiendas muy raras llamadas hipermercados y unos juguetes alucinantes que en la vida habías pensado que pudieran existir.

Por suerte hemos evolucionado y para mis hijos ahora es normal que a la vuelta del verano sus compañeros les cuenten que han estado en otro país. Para ellos aprender otros idiomas y relacionarse con gente de otros países es normal (y no sólo porque sean también italianos), conocer otros lugares no lo ven como algo exótico, sino a veces como algo aburrido que hay que hacer porque a sus padres les apetece. La mala noticia es que ahora las tiendas del extranjero no son alucinantes. Paseas por los Campos Elíseos o Regent Street y encuentras las mismas tiendas que en Serrano, Velázquez, la Gran Vía o cualquier centro comercial... la globalización.

Pero vamos a lo que dice el título, ¿es realmente necesario parecer ridículo cuando se viaja? Si para ir por tu ciudad, aunque sea un domingo, no se te ocurre ponerte unas bermudas de colorines, una chanclas, una camisa chillona y una gorra... una gorra, ¿hay alguna razón para hacerlo cuando estás en otra ciudad? ¿Acaso es necesario anunciar desde lo lejos: ¡¡¡¡Oiga, que soy un turista!!!!? Con la cara de despiste y la cámara al cuello es suficiente para que se sepa tu ocupación actual. Probablemente este tipo de atuendo haga que los locales, españoles incluidos, piensen que las apariencias no engañan y que si pareces estúpido por tus vestiduras, realmente debes ser estúpido, por mucho doctorado en Harvard que tengas, por lo cual, te voy a engañar como a un tonto y allá que va la clavada, clavada de la que tampoco te libras aunque vayas con un traje y un maletín o con unos vaqueros y una camisa.

Y aquí va mi segunda pregunta: ¿por qué cuando estamos de viaje estamos dispuestos a pagar una cifras desorbitadas por un botellín de agua, una estatua de recuerdo, una colección de postales o un carrete de fotos (cielos, acabo de tener un flashback) que no pagaríamos en nuestra ciudad? ¿Cómo es que somos capaces de comer cualquier tipo de comida que nos ofrezcan en cualquier restaurante/puesto callejero de calidad dudosa a precio exagerado si no lo haríamos en nuestra ciudad? He oído muchas veces a amigos y conocidos míos:

-"Estuve en Venecia, es muy bonito, pero me cobraron 10 euros en un café".

Es una ciudad que adoro, ya he estado en ella tres veces y no descarto volver (fuera de temporada alta) ya que me parece un lugar ideal para la relajación (repito, fuera de temporada alta); pero he jurado no volver a Roma ni a Florencia mientras no prohíban el turismo. Pues a lo que íbamos, siempre respondo con la misma pregunta:

-"¿Dónde te tomaste el café?, porque yo comí en Venecia una pasta con langosta y un segundo plato por 15 euros (es cierto, no exagero)".
La respuesta siempre es la misma: "En la plaza de San Marcos".
-"¡Aaaahhh!, ¿y se te ocurriría sentarte en la plaza Mayor a tomarte un café?".
-"¡Qué dices, para que me claven como a un turista!"
-"Pues eso es lo que has hecho, sentarte en la plaza Mayor a tomar un café".

Que conste, me senté a tomar un café en la plaza de San Marcos, mientras un señor tocaba el piano, sabiendo que me iban a clavar 10 euros, pero era un gustazo que me quería quitar. Sabía que iba a pagar por el pianista y por la silla, aunque el café estaba muy bueno.

Me encanta viajar y creo que ahora se entiende por qué elegí este fondo para el blog.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Los muertos, ¿truco o trato?

Un año más nos encontramos en la fecha del 1 de noviembre, festividad de todos los santos y en la que en el orbe católico se venera a los propios difuntos. Sé que lo que diré en las próximas líneas puede resultar polémico, pues va en contra de una de las cosas más arraigadas en el ser humano: la tradición; pero mi intención en este blog desde el principio es contar lo que pienso con toda sinceridad. Allá voy.

El culto y el respeto a los muertos es algo tan antiguo como el ser humano y, en buena parte, el estudio de la prehistoria se basa, aunque no sólo, en los restos funerarios que podemos encontrar. Nos acompaña desde que el hombre es hombre y es un comportamiento no exclusivo del ser humano: se ha visto que los elefantes, cuando muere uno de ellos durante sus largas marchas, detienen su migración durante un tiempo para "honrar" al fallecido. Tampoco es algo que corresponda en exclusiva a nuestra cultura, ya que lo podemos ver en cualquiera de las que pueblan el planeta, bien sea mediante enterramientos, fechas señaladas, invocación de espíritus, respeto por ciertos animales al albergar las almas de nuestros ancestros... He de confesar que es un aspecto de la existencia al que tampoco soy ajeno y en ocasiones me veo invadido por el recuerdo o la ausencia que provoca en mí quienes ya se han ido.

¿En qué se diferencia mi opinión de la de los demás? Sencillamente, en la fecha de hoy (aunque no es que esté en contra sólo de ella, tampoco entiendo el día del padre, de la madre o San Valentín y, si se me apura, el día de Reyes, pero ¿quién le quita la ilusión a un niño?). Siempre he pensado que la festividad de los muertos es la ideal para que haya más muertos: ¿qué lógica existe tras que una familia haga un viaje desde Almería hasta La Coruña y vuelta en un fin de semana, por ejemplo, para pasar media hora en un cementerio y que tenga que ser justo hoy y no otro día pudiendo engrosar la cifra de fallecidos de la DGT? Quizá mi punto de vista sea el equivocado, pero he tenido toda una vida para mostrar mi afecto y consideración a esas personas y, si no lo he hecho en vida, ¿por qué hacerlo en muerte? También tengo todo un año para recordarlos, ¿por qué concentrarlo todo en una fecha? Hace ya mucho tiempo, 35 años, que tuve la primera pérdida de un familiar, mi abuelo, y dos años después se marchó mi abuela. Dos personas que han influido fuertemente en mí, quizá de las que más. Tengo que confesar que he ido pocas veces al cementerio, más por causas circunstanciales que voluntarias, y que nunca lo he hecho un 1 de noviembre, pero no por ello puedo decir que su recuerdo y cariño, y el de las demás personas que he ido perdiendo desde entonces, me haya abandonado en ningún momento. Esta es la razón por la que no entiendo los movimientos y dispendios de este día.

Pero últimamente la fiesta está viviendo una dualidad, la de la tradición y la de la importación. Desde hace algo más de una década estamos viendo cómo estamos adoptando una tradición ajena a la nuestra, Halloween, que ha entrado a través de series y películas estadounidenses para acabar implantándose por la voluntad de algunas empresas de hacer caja (los trajes de brujas, los de esqueletos, la pintura de cara, los caramelos y las distintas fiestas que organizan bares, discotecas y parques temáticos, aunque individualmente parezca poco dinero, acaba siendo una buena cantidad). ¿Tan poca personalidad llegamos a tener para asumir lo ajeno como si fuera nuestro? ¿Necesitamos cualquier excusa para hacer una fiesta? Nuestro sistema educativo, que se supone que tiene que educar a nuestros jóvenes en los valores propios de nuestra cultura, ¿por qué inculca esta tradición ajena a nosotros organizando fiestas de Halloween? Ya estamos perdiendo los Reyes Magos en favor de Papá Noel, ¿cuál será la próxima, celebrar Acción de gracias? Si me dan a elegir, prefiero quedarme con las visitas al cementerio para poner flores.

Por último, siempre me ha hecho gracia, o dado pena, la traducción que se ha implantado en castellano de "trick or treat". Hace años, cuando lo veíamos como algo exótico y ajeno, se venía traduciendo como travesura o golosina, pero se ha acabado implantando "truco o trato". Esta especie de aliteración puede sonar simpática, pero carece de todo sentido. ¿Qué truco va a hacer el niño? ¿Sacar un conejo de la chistera de vampiro que lleva puesta, dividir en dos con la guadaña del disfraz al pobre hombre que estaba viendo la televisión cuando llamaron a la puerta para volver a unirlo, hacer que desaparezca la casa o se llene de fantasmas? ¿Qué trato es al que van a llegar? ¿Te paseo al perro y me das 10 euros? Es evidente que o le da unos caramelos al niño, o le hace una trastada. Si consultamos el diccionario inglés-español de Collins, vemos que las dos primeras acepciones de trick son broma y travesura. También, como primera acepción de treat aparece chucherías. ¿Tan difícil es pensar dos veces la traducción que se le va a dar a algo antes de plasmarla?, y en esto me dirijo también a mí como traductor que soy. En alguna ocasión, alguien que domina el inglés me dijo: "Sí, pero tiene sonoridad". Tendrá sonoridad, pero no estoy de acuerdo, debe mantener el sentido original.

domingo, 31 de octubre de 2010

Bienvenido

Inicio este blog con la incertidumbre de si será algo que tendrá continuidad en el tiempo o que al final abandonaré por aburrimiento o falta de interés. No obstante, como dijo Lao-Tse, un viaje de mil millas empieza por un primer paso, y en ello estamos.

En primer lugar, ¿por qué melting pot? Se trata de un término que oí por primera vez hace mucho tiempo, tanto que tenía sólo 19 años, en la clase de Historia Medieval que impartía un gran profesor, José Enrique López de Coca. Se acuñó por primera vez en Estados Unidos con el fin de describir a su incipiente sociedad integrada por inmigrantes de todos los orígenes para crear una sociedad totalmente nueva en la que se mezclaran las características de todas ellas. Por si alguien piensa qué tiene que ver Estados Unidos con la Edad Media (o sea, nada), estoy absolutamente seguro de que estaba en clase con todas mis facultades mentales en perfecto estado, pues se estaba refiriendo a un pueblo altomedieval. En mi caso, prefiero el sentido más estricto de la expresión: olla de mezcla o de fusión, pues lo que pretendo es que esta bitácora sea un punto en el que se mezclen todas las chorradas, ideas, reflexiones, paranoias, etc. que se me vayan ocurriendo, sean del origen que sean; lo que los franceses llamarían un pot-pourri, que en nuestro idioma derivó (derivando ya mucho) en nuestra castellana olla podrida (si no la habéis probado, no sé por qué no estáis saliendo a toda leche a la provincia de Burgos a tomaros una).

¿De qué voy a hablar? Ya lo he dicho, de lo que se me ocurra, mezclando todo de aquí y de allá, de música, fotografía, cocina, viajes, el tiempo, geografía, mi querida geografía, la situación política o apolítica, lo mal o bien que está el trabajo, la última chorrada que se me pase por la cabeza o la última gracieta de alguno de mis hijos. Como he dicho, una mezcla de todo para ver si sale algo nuevo, aunque no creo que salga nada en claro, pero me divertiré, pues si lo que haces no te divierte, no vale la pena hacerlo.