martes, 2 de noviembre de 2010

¿Por qué nos da por parecer ridículos cuando hacemos turismo?

He tenido la suerte de poder viajar desde que era muy niño. El primer viaje que recuerdo, que probablemente no fuera realmente el primero, fue a Gran Canaria cuando tenía cinco años; y el primero que hice al extranjero fue un año después, en 1972, que acabamos en un pequeño pueblo cercano a Innsbruck. A partir de entonces, ha sido un no parar (o casi), algo bueno debía tener que tu padre trabajara en una compañía aérea. Eran tiempos en los que daba gusto viajar: los aviones eran cómodos con espacio suficiente, no como ahora que el asiento de delante lo tienes 5 cm por detrás de tu nuca, no había colas para visitar los monumentos y para la población local no eras un incordio, sino alguien que venía a conocer su ciudad y saber cómo vivían.

En aquellos tiempos me sentía como un bicho raro, feliz, pero raro: no conocía a nadie a mi alrededor, excepto los hijos de los compañeros de mi padre, que hubieran estado en un lugar distinto del pueblo o el apartamento de la playa. Cuando iba de viaje, no veía niños viajando y el caso que más me llamó la atención fue el puente de la Inmaculada (por entonces no había Constitución) cuando tenía 9 años, que nos fuimos a Atenas, y en esos días no vi ningún niño, ni local ni extranjero. Volví de Grecia pensando que o no había niños griegos o había una ley que prohibía que salieran a la calle (algo que, viviendo en una dictadura, no te parece extraño). Ver otros pueblos y oír otros idiomas o acentos era algo normal y sabías que más allá de los Pirineos había otros lugares muy distintos, con unas tiendas muy raras llamadas hipermercados y unos juguetes alucinantes que en la vida habías pensado que pudieran existir.

Por suerte hemos evolucionado y para mis hijos ahora es normal que a la vuelta del verano sus compañeros les cuenten que han estado en otro país. Para ellos aprender otros idiomas y relacionarse con gente de otros países es normal (y no sólo porque sean también italianos), conocer otros lugares no lo ven como algo exótico, sino a veces como algo aburrido que hay que hacer porque a sus padres les apetece. La mala noticia es que ahora las tiendas del extranjero no son alucinantes. Paseas por los Campos Elíseos o Regent Street y encuentras las mismas tiendas que en Serrano, Velázquez, la Gran Vía o cualquier centro comercial... la globalización.

Pero vamos a lo que dice el título, ¿es realmente necesario parecer ridículo cuando se viaja? Si para ir por tu ciudad, aunque sea un domingo, no se te ocurre ponerte unas bermudas de colorines, una chanclas, una camisa chillona y una gorra... una gorra, ¿hay alguna razón para hacerlo cuando estás en otra ciudad? ¿Acaso es necesario anunciar desde lo lejos: ¡¡¡¡Oiga, que soy un turista!!!!? Con la cara de despiste y la cámara al cuello es suficiente para que se sepa tu ocupación actual. Probablemente este tipo de atuendo haga que los locales, españoles incluidos, piensen que las apariencias no engañan y que si pareces estúpido por tus vestiduras, realmente debes ser estúpido, por mucho doctorado en Harvard que tengas, por lo cual, te voy a engañar como a un tonto y allá que va la clavada, clavada de la que tampoco te libras aunque vayas con un traje y un maletín o con unos vaqueros y una camisa.

Y aquí va mi segunda pregunta: ¿por qué cuando estamos de viaje estamos dispuestos a pagar una cifras desorbitadas por un botellín de agua, una estatua de recuerdo, una colección de postales o un carrete de fotos (cielos, acabo de tener un flashback) que no pagaríamos en nuestra ciudad? ¿Cómo es que somos capaces de comer cualquier tipo de comida que nos ofrezcan en cualquier restaurante/puesto callejero de calidad dudosa a precio exagerado si no lo haríamos en nuestra ciudad? He oído muchas veces a amigos y conocidos míos:

-"Estuve en Venecia, es muy bonito, pero me cobraron 10 euros en un café".

Es una ciudad que adoro, ya he estado en ella tres veces y no descarto volver (fuera de temporada alta) ya que me parece un lugar ideal para la relajación (repito, fuera de temporada alta); pero he jurado no volver a Roma ni a Florencia mientras no prohíban el turismo. Pues a lo que íbamos, siempre respondo con la misma pregunta:

-"¿Dónde te tomaste el café?, porque yo comí en Venecia una pasta con langosta y un segundo plato por 15 euros (es cierto, no exagero)".
La respuesta siempre es la misma: "En la plaza de San Marcos".
-"¡Aaaahhh!, ¿y se te ocurriría sentarte en la plaza Mayor a tomarte un café?".
-"¡Qué dices, para que me claven como a un turista!"
-"Pues eso es lo que has hecho, sentarte en la plaza Mayor a tomar un café".

Que conste, me senté a tomar un café en la plaza de San Marcos, mientras un señor tocaba el piano, sabiendo que me iban a clavar 10 euros, pero era un gustazo que me quería quitar. Sabía que iba a pagar por el pianista y por la silla, aunque el café estaba muy bueno.

Me encanta viajar y creo que ahora se entiende por qué elegí este fondo para el blog.

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