Un año más nos encontramos en la fecha del 1 de noviembre, festividad de todos los santos y en la que en el orbe católico se venera a los propios difuntos. Sé que lo que diré en las próximas líneas puede resultar polémico, pues va en contra de una de las cosas más arraigadas en el ser humano: la tradición; pero mi intención en este blog desde el principio es contar lo que pienso con toda sinceridad. Allá voy.
El culto y el respeto a los muertos es algo tan antiguo como el ser humano y, en buena parte, el estudio de la prehistoria se basa, aunque no sólo, en los restos funerarios que podemos encontrar. Nos acompaña desde que el hombre es hombre y es un comportamiento no exclusivo del ser humano: se ha visto que los elefantes, cuando muere uno de ellos durante sus largas marchas, detienen su migración durante un tiempo para "honrar" al fallecido. Tampoco es algo que corresponda en exclusiva a nuestra cultura, ya que lo podemos ver en cualquiera de las que pueblan el planeta, bien sea mediante enterramientos, fechas señaladas, invocación de espíritus, respeto por ciertos animales al albergar las almas de nuestros ancestros... He de confesar que es un aspecto de la existencia al que tampoco soy ajeno y en ocasiones me veo invadido por el recuerdo o la ausencia que provoca en mí quienes ya se han ido.
¿En qué se diferencia mi opinión de la de los demás? Sencillamente, en la fecha de hoy (aunque no es que esté en contra sólo de ella, tampoco entiendo el día del padre, de la madre o San Valentín y, si se me apura, el día de Reyes, pero ¿quién le quita la ilusión a un niño?). Siempre he pensado que la festividad de los muertos es la ideal para que haya más muertos: ¿qué lógica existe tras que una familia haga un viaje desde Almería hasta La Coruña y vuelta en un fin de semana, por ejemplo, para pasar media hora en un cementerio y que tenga que ser justo hoy y no otro día pudiendo engrosar la cifra de fallecidos de la DGT? Quizá mi punto de vista sea el equivocado, pero he tenido toda una vida para mostrar mi afecto y consideración a esas personas y, si no lo he hecho en vida, ¿por qué hacerlo en muerte? También tengo todo un año para recordarlos, ¿por qué concentrarlo todo en una fecha? Hace ya mucho tiempo, 35 años, que tuve la primera pérdida de un familiar, mi abuelo, y dos años después se marchó mi abuela. Dos personas que han influido fuertemente en mí, quizá de las que más. Tengo que confesar que he ido pocas veces al cementerio, más por causas circunstanciales que voluntarias, y que nunca lo he hecho un 1 de noviembre, pero no por ello puedo decir que su recuerdo y cariño, y el de las demás personas que he ido perdiendo desde entonces, me haya abandonado en ningún momento. Esta es la razón por la que no entiendo los movimientos y dispendios de este día.
Pero últimamente la fiesta está viviendo una dualidad, la de la tradición y la de la importación. Desde hace algo más de una década estamos viendo cómo estamos adoptando una tradición ajena a la nuestra, Halloween, que ha entrado a través de series y películas estadounidenses para acabar implantándose por la voluntad de algunas empresas de hacer caja (los trajes de brujas, los de esqueletos, la pintura de cara, los caramelos y las distintas fiestas que organizan bares, discotecas y parques temáticos, aunque individualmente parezca poco dinero, acaba siendo una buena cantidad). ¿Tan poca personalidad llegamos a tener para asumir lo ajeno como si fuera nuestro? ¿Necesitamos cualquier excusa para hacer una fiesta? Nuestro sistema educativo, que se supone que tiene que educar a nuestros jóvenes en los valores propios de nuestra cultura, ¿por qué inculca esta tradición ajena a nosotros organizando fiestas de Halloween? Ya estamos perdiendo los Reyes Magos en favor de Papá Noel, ¿cuál será la próxima, celebrar Acción de gracias? Si me dan a elegir, prefiero quedarme con las visitas al cementerio para poner flores.
Por último, siempre me ha hecho gracia, o dado pena, la traducción que se ha implantado en castellano de "trick or treat". Hace años, cuando lo veíamos como algo exótico y ajeno, se venía traduciendo como travesura o golosina, pero se ha acabado implantando "truco o trato". Esta especie de aliteración puede sonar simpática, pero carece de todo sentido. ¿Qué truco va a hacer el niño? ¿Sacar un conejo de la chistera de vampiro que lleva puesta, dividir en dos con la guadaña del disfraz al pobre hombre que estaba viendo la televisión cuando llamaron a la puerta para volver a unirlo, hacer que desaparezca la casa o se llene de fantasmas? ¿Qué trato es al que van a llegar? ¿Te paseo al perro y me das 10 euros? Es evidente que o le da unos caramelos al niño, o le hace una trastada. Si consultamos el diccionario inglés-español de Collins, vemos que las dos primeras acepciones de trick son broma y travesura. También, como primera acepción de treat aparece chucherías. ¿Tan difícil es pensar dos veces la traducción que se le va a dar a algo antes de plasmarla?, y en esto me dirijo también a mí como traductor que soy. En alguna ocasión, alguien que domina el inglés me dijo: "Sí, pero tiene sonoridad". Tendrá sonoridad, pero no estoy de acuerdo, debe mantener el sentido original.
No hay comentarios:
Publicar un comentario