Antes de empezar con la locura del día, quiero tratar una cuestión de procedimiento, como suelen decir en las reuniones importantes. Algunos amigos me han dicho que han intentado introducir un comentario, pero no han podido. El problema ya está resuelto, era una configuración predeterminada que impedía introducir comentarios a quien no estuviera registrado. Ahora está abierto a todos. Dicho esto, vamos con la tontería del día.
Ayer tuve la oportunidad de leer la entrevista que hizo Juan José Millás a Felipe González, esa misma de la que está hablando hoy todo el mundo. Tengo que reconocer que mientras fue presidente del gobierno, fui bastante crítico con él; pero con la opinión que te puede dar la perspectiva, considero que en esa época mejoramos en líneas generales mucho, aunque no es cuestión de ponernos ahora a hacer balance de su gobierno. Pasado algún tiempo de su salida del poder, empecé a leer sus artículos y oír sus intervenciones y a comprobar que mi grado de afinidad con lo que él expresaba iba creciendo, por lo que siempre encuentro interesante leer u oír lo que escribe o dice. En la entrevista de ayer hubo una afirmación que me llamó especialmente la atención y que será la que comentaré hoy, puesto que del resto de lo que dijo se ha tratado profusamente en los medios de comunicación y, además, me parece más coyuntural y menos interesante que esto: "Se viven los primeros veinte años y se sobrevive el resto".
Es algo que me ha pasado por la cabeza alguna vez, sin haberlo sabido expresar de una manera tan redonda. Si echo la vista atrás, no puedo estar más de acuerdo con esta afirmación. Mis primeros veinte años fueron mis años dorados, en los que realmente viví y, si quiero ser más estricto, lo reduciría a los diez primeros años. Muchos podréis decir que qué barbaridad estoy diciendo: el colegio, los estudios, obedecer a los padres, la adolescencia, falta de libertad para hacer lo que se quiera...; pero si lo pensamos fríamente, la vida no ha sido tan despreocupada como por entonces.
Hasta los cuatro años, lo único que me preocupaba era jugar, comer, dormir y ver los dibujos en la tele. Para mí, la vida por entonces era feliz, hasta que un cabronazo compañero del colegio me dijo que algún día me iba a morir. Fui a preguntárselo a mi madre y me respondió, con toda naturalidad, que por supuesto. Allí se empezó a torcer lo mejor de mi vida. Hasta el momento me había creído inmortal ya que ni siquiera me daba cuenta de que la carne de ternera que me comía venía de una vaca que estaba muerta. Vivía plenamente hasta ese momento, en el que di el primer paso hacia la supervivencia. A pesar de este incidente, llevaba una vida despreocupada, intentando que mis hermanos no me cogieran el juguete que tenía, no rompieran aún más el oso de goma que me acompañó desde que cumplí un año e intentando no hacer una picia gorda para no desatar la ira de mis padres. Eso sí que era vida, en la que los veranos estaba en el pueblo, libre desde la mañana a la noche, corriendo por sus calles con mis hermanos, primos y amigos sin preocuparme de nada más que de ¡¡¡JUGAR!!!
A partir de los diez años empecé a dar los primeros pasos hacia la supervivencia, aunque todavía aquello era vivir y, con la perspectiva del tiempo, vivir bien. Los estudios se hacían cada vez más difíciles (nunca fui un buen estudiante), pero cada año que pasaba alcanzabas nuevas cotas de libertad. Al principio ya podías quedar con tus amigos para ir al parque, poco a poco, cuando ya eras capaz de manejarte en bicicleta entre el tráfico con supuesta sensatez, el radio de acción se ampliaba a prácticamente toda la ciudad (hay que tener en cuenta que por entonces ya vivía en una ciudad de provincias), hasta que tuve la edad para poder llevar un ciclomotor y, por último, el coche y la moto. Los problemas serios no existían, de lo único que me tenía que preocupar era de estudiar y de no hacer una picia demasiado gorda como para desatar la ira de mis padres, que cada vez se desataba con menos frecuencia y se mostraban más permisivos, y, si la hacía, ni siquiera me tenía que preocupar de resolverla (aunque este parámetro era inversamente proporcional a la edad que tuviera en ese momento, por lo que ya con 16 años, me tocaba intentar poner remedio). Recuerdo de esos momentos, en cada enfado o frustración, pensaba siempre lo mismo: "¡qué ganas tengo de ser mayor para hacer lo que quiera!". Pero la preocupación, como suele ser habitual en nuestra sociedad para los niños y los adolescentes, era muy relativa y, vista desde el momento actual, casi nula. Lo que por entonces podía suponer el fin del mundo, ahora resulta algo nimio. ¡Y pensar que por entonces creía que sobrevivía y que viviría realmente cuando acabara los estudios, empezara a trabajar y me independizara!
Ahora ya, con casi 44 años, me doy cuenta de que era entonces cuando vivía. Acabada la universidad, el primer reto se convirtió en encontrar trabajo y mantenerlo e incluso ser cada día mejor en él y dedicarle más tiempo y esfuerzo para que (¡oh, utopía!) se me considere mejor y obtenga mejores retribuciones, que los ingresos sean suficientes para alquilar primero y comprar después una casa, pagar todos los gastos, no excederme en los caprichos. Todo esto, anteriormente, me lo daban hecho y si mis caprichos superaban la realidad, me decían un simple "no hay dinero" y se resolvía el asunto. No tenía que buscar el equilibrio. El tiempo libre ha dejado de ser tiempo libre, ahora es el tiempo para encargarse de la casa, llevar y traer a los hijos (que son los que ahora, por suerte, viven aunque no se lo crean), hacer la compra, pensar en que todo funcione adecuadamente y prestar atención a las miles de pequeñeces que, si dejas de lado en una cantidad determinada, acaban convirtiéndose en un serio problema, o planificar las vacaciones o qué se va a hacer en el tiempo libre.
La realidad cotidiana, las noticias, por entonces eran algo que no tenía importancia. ¿Vamos a comparar que a Vicente le han comprado el Adidas Tango con el inicio de conversaciones para la adhesión de España a la Comunidad Europea? En absoluto, el Adidas Tango de Vicente era el acontecimiento de la semana. Hoy sobrevivimos deprimidos y abrumados por la realidad económica, social y política sin saber por donde empezar para dar la vuelta a todo (pero eso es otro tema del que quizá se hable en otro momento) y sin prestarle más atención de la estrictamente necesaria por higiene mental para poder sobrevivir.
Ahora estoy con la idea de que cuando me jubile será cuando realmente empiece a vivir, pero quizá me esté engañando. Pienso que si no tengo que preocuparme ya de trabajar y de que el flujo de trabajo sea el adecuado y recibo una pensión mensual del Estado, la mayoría de mis preocupaciones se habrán disipado, pero quizá sea sólo un espejismo.
Una vez más, estoy de acuerdo en algo con Felipe González: hasta los veinte años se vive y después se sobrevive. Del resto de lo acontecido en el fin de semana, como lo demás que ha dicho en la entrevista, lo mismo escribo algo otro día, pero ya han metido mucho ruido con eso. De la visita del Papa, ya ni me preocupo, hace tiempo que llegué a la conclusión que bastaba con comparar el Evangelio con su trayectoria vital y sus declaraciones para poder sacar conclusiones sin tener que que añadir ninguna palabra. Del resto, ya veremos.
Enhorabuena, Pedro, me ha encantado el artículo, ¡sigue deleitándonos así! :-)
ResponderEliminarMuchas gracias, Esther. Lo intentaré.
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