viernes, 12 de noviembre de 2010

La dura vida del traductor

En primer lugar quiero daros hoy una buena noticia. Puesto que el número de artículos publicados ya ha alcanzado un número considerable, a partir de ahora voy a disminuir el ritmo de las intervenciones a algo más llevadero, al menos una por semana, pero ya no será todos los días.

Hoy voy a hablar del innoble oficio del traductor, pero antes que nada, os dejo a modo de introducción este vídeo que me ha pasado una compañera. Seguro que os hará reír un poco, es lo que pasa cuando pillas un vídeo de Buenafuente (por cierto, el señor del público que se ríe tanto al principio es idéntico a un amigo mío, pero con 25 años más).



Cada vez que digo a alguien que soy traductor, y sobre todo, si digo que lo que traduzco son manuales de instrucciones, me suelen responder de una de las maneras siguientes:

  1. "¡Pues vaya, hacen cada traducción que no hay quien las lea! El otro día me compré una sandwichera y no había quien entendiera lo que ponía. Tuve que leerlas en inglés." Esta respuesta suele ser minoritaria.
  2. "¿Y para qué traduces manuales, si nadie los lee? Por lo menos, tienes la tranquilidad de que si metes la pata, nadie se va a dar cuenta." Sí, nadie se va a dar cuenta menos el del caso anterior, que siempre le toca la traducción del "don't".
El caso es que esta última afirmación suele ser cierta. Me compro una sandwichera, no leo el manual, total, es conectarla, esperar a que se caliente y poner los sandwiches, eso sí, como no has leído el manual, no sabes que tienes un don't suelto por casa y, si está bien traducido, tampoco sabes que no se debe colocar mantequilla en las placas, aunque el sandwich esté más rico, porque te las cargas. Que me compro un programa de ordenador, tampoco me leo las instrucciones porque además suelen venir sin instrucciones o son escasas. Que me compro una cámara de fotos, no lo leo, si es apuntar y disparar, pero luego me encuentro con la palabra "Formato" en un menú, pienso que es para dar un formato raro a las fotos y... ¡mierda, las ha borrado, era para formatear! Y eso por no haber leído el manual (vale que el traductor podía haber puesto Formatear, estoy de acuerdo, pero si supierais en las condiciones en las que se traducen los menús de todos los aparatos, incluidos los programas de ordenador, alucinaríais, aunque no lo excuso). Que me mandan a trabajar a una central nuclear, tampoco leo las instrucciones, total... prefiero no pensarlo.

La parte triste de este vídeo es que el caso de esta sandwichera no es aislado, sino que es una tónica que se está imponiendo, incluso en las grandes empresas de traducción. La legislación española obliga a que todo aparato vendido en España lleve sus instrucciones traducidas al español, pero no habla en absoluto de la calidad de la misma ni de que la acumulación de una serie de palabras españolas en lo que se supone que es una frase no sea una traducción, de ahí que cada vez más, las empresas intenten ahorrarse un dinero empleando un traductor automático. He llegado a ver en una traducción que un barítono estudió en el invernadero de Madrid.

A modo de ejemplo, he cogido una frase española, muy sencilla, la he traducido al inglés con Google Translator, luego he hecho lo mismo del inglés al español, y así sucesivamente. Éste es el resultado:

  • Quiero amarte intensamente
  • I want to love intensely
  • Quiero amar intensamente
  • I love intensely
  • Me encanta intensamente

Pasamos de un deseo dirigido a una persona concreta a un deseo universal, convirtiéndose en una afirmación categórica sobre cómo ama esta persona para acabar diciendo que algo le gusta con locura. La cosa no deja de tener su gracia si no fuera porque la traducción de manuales técnicos e informáticos se está dirigiendo por este camino. Las grandes empresas están firmando acuerdos para desarrollar sistemas de traducción automática con el fin de prescindir de los caros costes de la traducción humana. Por otro lado, en una frenética carrera por reducir costes, están solicitando traducciones de calidad básica, sin revisión, a precios reducidos. ¿Te imaginas los resultados que podría tener la instrucción "no una el cable rojo con el azul ya que podría producirse un cortocircuito" si no se tradujera correctamente?

Es evidente que a la hora de adquirir un producto, no prestamos ninguna atención a la calidad de las instrucciones, ni los usuarios ni los fabricantes, sin tener en cuenta que es una parte esencial del mismo y si un menú está mal traducido y en lugar de dar formato a una foto, borro todo el contenido de la tarjeta de memoria, no ha pasado nada, pero me cabreo porque en vez de "Formatear" ponía "Formato" y ahí se queda todo.

La traducción es un sector que ha cobrado una enorme importancia en los últimos años, haciendo que en los últimos 25 años muchas universidades empezaran a ofrecer estos estudios, estudios que hasta ese momento existían sólo en dos y ofreciendo una diplomatura. De él dependen muchos empleos, tanto de autónomos como de empleados. Es un sector de la economía que ha ido adquiriendo una fuerza y presencia cada vez mayor. La diferencia entre una buena traducción y una mala puede ser lo que evite que se produzca un accidente o que podamos utilizar un aparato correctamente y aprovecharlo al máximo. Como consumidores, tenemos mucho que decir, más allá de que se hacen malas traducciones o lamentarse porque un menú está mal traducido y sus consecuencias han sido nefastas. Si al comprar un aparato y leer las instrucciones vemos que no son adecuadas, podemos devolverlo explicando los motivos. El vendedor pondrá cara de extrañeza la primera vez, pero si es una dinámica habitual, los fabricantes se tomarán en serio este aspecto y dejarán de considerarlo un requisito legal. Podría parecerles que una buena traducción es cara, pero es un valor añadido al producto y, si sólo se tuviera que vender una unidad, evidentemente sería cara, pero al final, teniendo en cuenta el coste unitario, estamos hablando del chocolate del loro. Lamentablemente, o como consumidores hacemos valer nuestros derechos, o en el futuro tendremos sólo traducciones de dudosa calidad realizadas por el ordenador o sin ofrecer las debidas garantías de revisión, lo cual redundará en nuestro perjuicio y afectará negativamente en muchos profesionales que han dedicado mucho tiempo y esfuerzo, y lo siguen haciendo, para formarse.

Para terminar, volvemos a mi paranoia de la semana. Parece que el gobierno español empieza a moverse con lo que está sucediendo en El Aaiún. El paso que han dado me recuerda cuando en mi pueblo alguien comete un error, sobre todo si es una estupidez, y otro le dice: ¡Pero chico, ¿qué has hecho?! Lamentable.

3 comentarios:

  1. A la hora de publicarlo, la aplicación se ha comido un buen trozo. Ya está arreglado.

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  2. Más razón que un santo que se dice. La labor en la sombra del traductor es algo poco apreciado, desconocido. Los consumidores tienen derecho a buenas traducciones, porque al pagar por algo se está pagando también por los costes del manual que lo acompaña y si el manual no sirve, por poco que haya costado hacerlo, es dinero tirado y más papel (posiblemente couche) que va a la basura.

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  3. Me parece muy bien eso de alentar a la gente a que devuelva algo si no está bien traducido. Es verdad que en el caso de una sandwichera, poco hay que saber, pero hay otros dispositivos más complicados o más peliagudos (pienso en los juguetes, por ejemplo). Gracias, Pedro, por remover conciencias.

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