martes, 9 de noviembre de 2010

Mi infancia son recuerdos de un aula de Castilla

El otro día estaba asomado a la terraza, viendo el árbol que tengo en el jardín, y me acordé, no sin poca añoranza, de aquel olmo viejo, hendido por el rayo y en su mitad podrido que nos retrataba Machado. La añoranza me vino por la cantidad de grandes lecturas que plagaban nuestros libros de texto y, pareciéndome que no las había encontrado en los libros de ninguno de mis dos hijos, le pregunté al mayor, que estudia sexto de primaria, si sabía quién era Antonio Machado. Su respuesta fue, con la cara de extrañeza que pone un niño cuando le preguntan algo que está en las antípodas de su mundo, que no tenía ni idea. Añadí otros nombres: Quevedo, Lope de Vega, Calderón, Lorca, Rubén Darío, Bécquer, Ana María Matute y otros nombres más, y la respuesta fue la misma con la misma cara de extrañeza. Finalmente acerté a decir Juan Ramón Jiménez y me respondió "¿Ése no es el que tenía un burro?". Allí lo dejé para no deprimirme todavía más.

No culpo a mi hijo de su desconocimiento, puesto que si no sabe quiénes son estos autores es porque ni la escuela ni nosotros nos hemos encargado de presentárselos. Algo tiene que funcionar mal cuando "El lagarto está llorando. / La largarta está llorando. / El lagarto y la largarta / con delantalitos blancos." se ha visto sustituido por "El pato Paco por la charca corre. La charca de mil colores." (sustituto inventado por mí, pero en cualquier libro de texto podemos encontrar ejemplos parecidos), lecturas valiosas, sin lugar a dudas, pero que no tienen la capacidad de llevarte de la mano, sin apenas darte cuenta, al estudio de la Literatura española.

A veces me enseña mi hijo un texto de un libro de la escuela que sin duda es gracioso, pero no puedo evitar pensar en aquel hombre a una nariz pegado, que además era superlativa, sayón y escriba. Muchas de las palabras no las entendía, pero tampoco era lo más importante, puesto que me divertía imaginar al pobre Góngora con su magnífica nariz y, con la perspectiva del tiempo, me doy cuenta de que me permitía empezar a conocer a Quevedo y al tan mal (o bien) retratado Góngora. Hoy tenemos textos realmente ingeniosos para describir cualquier cosa, pero la descripción del soneto (prefiero no preguntar a mi hijo si sabe lo que es un soneto) que Lope hace, sintiéndose en gran aprieto, a Violante y que burla burlando consiguió que fueran los tres primeros versos delante para, finalmente, pedirnos que contáramos si eran catorce, difícilmente es equiparable. Leen buenas formas de decirnos dónde se encuentra un objeto, pero ninguna mejora a "Del salón en el ángulo oscuro"; o de mostrar despreocupación por lo que piensen los demás, pero en ningún caso diciendo "Quiero más una morcilla / que en el asador reviente; / y ríase la gente". Imaginan los mundos más extraños, pero ninguno como el mundo al revés del lobito bueno de José Agustín Goytisolo. Podrán describirles a cualquier persona o animal, pero en ningún caso les dirán que "es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro." Por lo menos hay cosas que no cambian, mil veces ciento siguen siendo cien mil y mil veces mil, un millón; aunque mientras tanto ya no revoloteen las inevitables golosas y vulgares moscas. Sólo espero que nuestros queridos escritores no sean como las golondrinas de Bécquer que aprendieron nuestros nombres y que vuelvan a las lecturas de los libros del colegio. Estas lecturas que salpicaban nuestros libros durante toda la E.G.B. nos permitieron introducirnos sin darnos cuenta en el estudio de la Literatura, pues los autores que íbamos a estudiar ya los conocíamos, eran como de la familia.

Por cierto, no me preguntéis de qué especie es mi árbol, no lo sé. Soy un auténtico ignorante de botánica. El otro día, mi prima Inma preguntó qué era el arbusto rojo ese. No sabiendo qué responder, le dije con todo convencimiento: "el arbusto rojo ese". La Biogeografía era una asignatura optativa y, por ser tal, no opté por ella.

1 comentario:

  1. Qué bonito artículo, Pedro, y qué recuerdos me trae... ya no me acordaba de lo bonita que era la descripción del burrito Platero. Una pena que las nuevas generaciones se pierdan todo eso...

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